viernes, 11 de agosto de 2023

TARDE EN SANTA MARIÑA DE AGUAS SANTAS

 



Miré a un lado y a otro. Por fin me había quedado solo en estas ruinas, todo cubierto de maleza… Vi lo que me pareció una puerta enrejada en una de las paredes que quedaban en pie con una cruz templaria en el tímpano. Mi familia se había adelantado para mirar un castro excavado situado en el medio de un monte no muy lejos de donde me encontraba.

Me acerqué muy lentamente a la puerta, que tenía una reja oxidada que impedía la entrada, pero la empujé un poco y cedió. Estaba todo oscuro y toqué la piedra húmeda. Tanteé un poco y pude comprobar que eran unas escaleras que descendían a algún extraño lugar. Solo escuchaba el sonido continuo de una gota de agua caer en piedra húmeda y el aire se hizo sofocante. Bajé los escalones muy lento, estaban mojados y resbalaban un poco. Mis manos rozaban las paredes mojadas para poder guiarme en aquella impenetrable oscuridad, me encontraba en un estrecho pasadizo. ¿Qué habrá ahí abajo? ¿Un lago, un río? ¿Por qué tanta agua?

Sin darme cuenta, resbalé en uno de los escalones y acabé con las rodillas en el suelo y me llevé un buen golpe en la cabeza. ¡No podía creer lo que estaba viendo! Un tenue rayo de luz entraba por un ventanuco enrejado. Debajo de ese rayo de luz había un altar de piedra al estilo de una iglesia. Me puse en pie y limpié mis pantalones manchados de barro y sangre, salí del pasadizo y entré en aquella gran sala. Un canal de agua salía de debajo del altar y atravesaba la estancia de forma longitudinal. A ambos lados de ese improvisado riachuelo pude apreciar diferentes lápidas de piedra. Los sarcófagos estaban en pie y se apoyaban de las paredes del edificio que tenía bóveda de cañón apuntada. Unas lápidas tenían un caballero labrado con su espada y su escudo, otras una cruz templaria y otras diversas figuras que me costó identificar.

Avancé despacio y con cuidado de no volver a resbalar. Me acerqué al altar y vi hacia atrás. Había una misteriosa pared que no llegaba totalmente al techo, pero que tenía una abertura en la parte inferior con forma de puerta pequeña. A ambos lados había una serie de pequeños pozos excavados en la piedra para almacenar el agua, que, cuando llegaba a cierto nivel, la sobrante se escapaba por una serie de canaletas que se perdían en el interior de la piedra de las paredes.

Avancé hacia la diminuta puerta. Dos grandes figuras que parecían dragones la custodiaban. Pasé mi dedo por la superficie de la piedra labrada. «¿Qué lugar más raro? ¿Por qué hay unas serpientes en este lugar?». Me agaché un poco y pasé a través de la puerta. Al otro lado había una sala más pequeña que la anterior y al fondo había algo como si fuera un horno de hacer pan que tenía un estrecho agujero en la cúpula que sería su chimenea. Miré hacia arriba, pero no pude ver nada. Las paredes estaban tiznadas de hollín. Miré a ambos lados y tuve que frotarme los ojos. Me parecía ver una especie de bolitas blancas que flotaban en el ambiente y se movían de un lado a otro. Noté el ambiente muy pesado en aquel momento y me costaba respirar. Me senté en una esquina y dirigí mis ojos al suelo. Era posible tener un problema en la vista o en las gafas… Me las limpié con el borde de la camiseta y volví a mirar hacia arriba, hacia la bóveda. Seguía viendo las dichosas bolitas blancas. De pronto escuché el sonido de una piedra cuando roza con otra. Aguanté la respiración. Nada. Volví a ver las bolitas blancas y el sonido de la piedra regresó.

¿Hay alguien ahí? —pregunté.

El eco de la cripta me respondió. Volví a escuchar la piedra rozar y caer con estrépito en el suelo. Me puse de rodillas ojeé a través de la pequeña puerta.

¡Oh, Dios! —exclamé llevándome las manos a la cabeza.

La lápida de uno de los sarcófagos se había caído al suelo delante del altar. Salí por la pequeña puerta y me acerqué muy muy lentamente al sarcófago. Me asomé para ver si podía ver huesos. No parecía haber nada. Intenté poner la lápida en su sitio, pero pesaba muchísimo y la dejé donde estaba. Aquel lugar me estaba dando miedo y me dirigí al pasadizo de las escaleras por las que había bajado, pero al mirar hacia el otro lado, vi otra puerta. La curiosidad me enjauló de tal manera que me acerqué a esa puerta. Parecía otro pasadizo. ¿A dónde iría? Puse mi pie sobre la piedra, decidido a inspeccionar aquel pasadizo, pero al intentar llevar el otro, noté un empujón en mi espalda y caí por unas escaleras hacia un lugar muy oscuro.

Lloré de dolor y me froté las rodillas. El pantalón se me había roto… «¿Qué le voy a decir a mi madre?», pensé. Ahora si que estaba en un aprieto y muy asustado. ¿Quién me empujó? ¿Por qué? Si alguien quería que me fuera podría habérmelo dicho. Solo soy un adolescente asustado, muy asustado. Tanto que hasta sentía ganas de orinar.

No sé cuánto tiempo estuve llorando abrazado a mis rodillas. El suelo era de piedra húmeda y las paredes no estaban al alcance de mi mano. Volví a ver las burbujas blancas de antes. En este lugar no entraba nada de luz, era una oscuridad total. Aún así pude ver las bolitas danzando delante de mi cara.

Comencé a sentirme pesado, somnoliento y me recosté en el suelo. Como si me hubiesen hipnotizado caí en una especie de trance. Solía pasarme algunas veces, pero ese momento no era muy conveniente. Quizás estuviera en peligro. Me dormí.

Oh, mi pequeño André… —dijo alguien.

Se acercó a mi una joven alta, blanca como la nieve, pero no era albina como yo. Tenía una larga cabellera rubia y unos ojos azules penetrantes.

Me senté sobre la piedra dónde estaba y la vi, a pesar de no haber luz.

¿Quién… quién es usted? —pregunté.

Llámame Ana, Ana Mariña —dijo, seductora.

Ana… ¿Fuiste tú quien me empujó?

¿Quién si no? ¿Acaso ves a alguien más por aquí? —dijo guiñándome un ojo.

Sus labios eran rojos como las fresas y llevaba un flamante vestido, muy sexy, que dejaba entrever sus curvas. Sentí que me excitaba por momentos. También era un momento inoportuno para eso.

¿Por qué me empujaste?

Oh, mi adorable André… Debo contarte una cosa —dijo en un susurro.

Vale, cuéntamela.

Ella jugueteaba con sus rizos dorados.

Te necesito, André —dijo haciendo un mohín con sus jugosos labios.

¿Por qué sabes mi nombre?

Eso no es importante ahora. Necesito que me des un beso.

¿Un beso? —dije, casi sin poder articular palabra.

Si, un beso… pero no ahora…

Entonces… ¿cu… cuándo?

¡Oh, Dios! Soy una mujer encantada. Estoy condenada a ser una serpiente durante el día o cuando me enfado. Necesito que un hombre me bese durante esa transformación para poder ser desencantada.

¡Já! Eso no te lo crees ni tú —dije haciéndome el interesante, con las manos en la cintura.

Ella puso cara de extrañeza.

Pues es la verdad. Mi historia es muy larga. Yo… El malvado Olibrio quería acostarse conmigo, pero como no accedí, me hizo la vida imposible dijo ella apretando los puños y los dientes.

Bueno… ¿Eso es todo?

Soy hija de un mouro, Theudio, un hombre con mucho poder en el pueblo. Mi madre murió al yo nacer y mi padre me entregó a una mujer cristiana llamada Ana para que me criara. Sin embargo, ella me bautizó, y eso hizo que mi padre me repudiara y me lanzara un encantamiento. Así que, de niña me dediqué a pastar el ganado de los vecinos. Solía sentarme debajo de un roble que está muy cerca de aquí y en una roca con forma de oreja —dijo con una sonrisa a causa de sus recuerdos.

Continúa… ¿Quién es ese tal Olibrio?

Era un funcionario romano que fue aquí destinado para gobernar estas tierras. Se enamoró de mi, o eso dijo, e intentó seducirme con sus riquezas y su oro. Yo no le hice caso, era un hombre bastante mayor… Además… ¡Oh! Supo que era cristiana y quiso que abjurara de mi religión! Pero no lo hice y eso hizo que se enfadara muchísimo más…

Eso suena como algo muy antiguo, ¿no? Un romano… Eso fue hace mucho. No me cuentes batallas —dije.

Ella pareció ofenderse, pero al rato, continuó:

Primero me encerró en un calabozo. Luego me azotó y me hirió con peines de hierro. Ah, y también mandó que me ahorcaran. Pero mis heridas sanaban muy pronto y eso lo enfadaba aún más. Así que, un buen día ordenó que me quemaran en ese horno que has visto arriba, que me ataran las manos y los pies y me lanzaran a un estanque. Sin embargo, yo no puedo morir, André. Sin embargo, un anciano de barba blanca me vino a buscar al horno y me sacó por la chimenea.

Perdona… —dije con una risita—. ¿Quieres que me trague que saliste por el agujero del horno, aquel? Te veo delgada, pero no es para tanto.

¡Oh, mi pequeño André! ¡No te rías de mis suplicios! Gracias a Dios ya los tenía casi olvidado—dijo con el dorso de la mano en la frente, con dramatismo.

Vale, vale… No me reiré, pero no pretendas que te crea una historia tan… tan… tan ridícula.

Ella pareció enfadarse.

¡No sabes de lo que soy capaz cuando me enfado! —soltó intentando calmarse—. Bueno, continúo. Salí por ese agujero, si. Pero, al final, Olibrio ordenó que me cortaran la cabeza.

¡Ja ja ja! —solté ya sin poderme contener mientras aplaudía como si estuviera escuchando un monólogo de David Suárez.

¿Me estás retando? —silvó.

La joven atractiva que tenía frente a mi comenzó a ponerse verde, sus pupilas tenían forma vertical, como los gatos, un par de colmillos asomaron por su boca y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía una gran serpiente frente a mi.

¡Aaaaah! —grité.

Me puse en pie y comencé a correr hacia ninguna parte. Llamé por mi madre unas pocas de veces, aunque sabía de sobra que no me escucharía. ¡Estaba perdido!

Bésame, mi pequeño André”, escuchaba en mi cabeza.

No puedo.

Sin embargo, una fuerza magnética tiraba de mi. «Oh, no… Me hipnotizó». Como un imán me atraía hacia sí. Sentí mariposas subir y bajar por mi estómago, pero, a lo mejor era el miedo y no el amor. Una energía cálida bajó estómago abajo y tuve una erección involuntaria. Ella intentó rodearme con su cuerpo, yo corría de un lado para otro, pero, de pronto, me atrapó. Su cuerpo se enroscó alrededor de mis piernas y no pude avanzar más. Caí. Tenía el corazón desbocado y me resistía al instinto sexual que pulsaba dentro de mi ser, en un momento tan inconveniente como ese. Su cuerpo se enroscó hacia mi cintura y me quedé sin respiración. Grité, llamé por mi madre, por mi padre, por Dios…

¡Qué alguien me ayude! ¡Por Dios! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Por Dios, ayudadme! ¡Aaaaaaaaahhh!

Con los brazos intenté, desesperado, desenroscarme, pero mis fuerzas me abandonaban.

Oh, bésame mi pequeño André”

¡No! —dije haciendo fuerza para soltarme.

Unos afilados colmillos aparecieron ante mi. Solo podía ver esos dientes como dos columnas corintias de mármol que franqueaban una entrada hacia una gruta oscura…

¡No! ¡Por Dios, no me comas! —grité, desesperado por soltarme de aquel mortal abrazo.

Ella silbó como un viento huracanado en medio de un bosque. Silbó como nunca había escuchado silbar.

¡Perdóname! ¡Tienes que perdonarme! ¡No me volveré a reír, te lo juro! Pero no me comas…

Mis fuerzas se desvanecían. Ya no tenía fuerzas para luchar. Desfallecí ante aquella serpiente monstruosa.

No sé cuánto tiempo pasó. Yo estaba tirado en el suelo frío y húmedo de aquel lugar. Me levanté, exhausto. Sentía mucha hambre y sed. Intenté recorrer el lugar hasta que di con unas escaleras. Subí hasta llegar a la sala anterior. Me apoyé en una lápida, pero vi aquella que se había caído al suelo y me llené de horror.

«Tengo que salir de aquí como sea». Atravesé la sala y avancé hacia las escaleras por las que había bajado. Todo parecía tranquilo. Volví a ver las serpientes grabadas en piedra que custodiaban aquella pequeña puerta. Comprendí ahora el motivo de las serpientes. Volví la vista hacia otro lado y vi, en una de las lápidas, el Árbol de la Vida.

Que lugar tan mágico y tan … extraño solté en voz baja.

Escuché un ladrido horroroso que retumbaba en las escaleras que daban al exterior.

¡Oh, no! Otra bestia dije, asustado.

Di la vuelta y me encaminé a la puerta de las serpientes. Me agaché y la atravesé. Ya no veía bolitas blancas. Todo estaba en orden. Me metí en el horno y miré hacia arriba. Imposible, imposible.

La bestia descendía las escaleras, pero parecía que no iba sola. Escuchaba los pasos de unas personas que bajaban las escaleras atropelladamente y… ¡Escuché la voz de papá!

No pude contener la alegría.

¿Papá? ¡Papá!

Salí deprisa de aquel lugar y vi la luz de las linternas. Una de las figuras humanas echó a correr hacia mi mientras me apuntaba con la linterna.

¡André! Por fin te hemos encontrado… ¿Por qué nos has hecho esto, hijo? —dijo mi padre mientras me abrazaba.

¡Papá…!

Me embargó la emoción y me eché a llorar. Los demás hombres que bajaron con mi padre eran unos policías. Estaba tan debilitado que uno de ellos me cogió y subí las escaleras sobre sus hombros.

Habían estado dos días buscándome por todas partes. Mi madre estaba histérica. Cuando me vio llegar me abrazó y se echó a llorar como una magdalena. Ni siquiera se fijó en mis pantalones rotos y sucios.

Papá… ¿Qué es un mouro? —pregunté cuando estábamos en el coche rumbo a casa.

¿Y eso a qué viene? —dijo él mirando por el retrovisor.

Una mujer me dijo que era hija de un mouro y que estaba encantada. Después, como la hice enfadar se convirtió en serpiente y casi me come.

Mi padre se echó a reír.

Mucha fantasía, André. Ya eres grandecito para eso. Un mouro es un ser mitológico de aquí, de Galicia. Y la moura está encantada y hay que desencantarla, claro. Solo un hombre puede.

Ya, pero no me atreví. Tengo mucho miedo a las serpientes. Y casi me come.

Mi padre volvió a reír. Mi madre todavía lloraba.

LA MALDICIÓN

  Declaración del acusado: Juro por Allah, glorificado sea, que he visto a Mariam, la madre de Isa, parir bajo la palmera. Y doy este ...