Oh, amado señor, rey de Ierusaláim:
Cuando el Cohen Gadol del Templo de la Ciudad Santa, con su efod al pecho, te colocaba la corona de oro sobre la cabeza y un collar en la garganta, no me podía contener con el deseo de que después de la ceremonia tuvieras un poco de tiempo para mi. ¿Me has visto? Estaba lejos, al fondo, pero a la vez cerca de ti.
Ya de noche, tras los festejos, cuando en mi alcoba, preparado para dormir pensando en ti, escuché el chirrido de la puerta cuando alguien se asoma. Noté el olor dulzón de la azucena y el jazmín, el incienso y el ajonjolí. Oí el sonido de tus sedas y tus brocados, los pies descalzos y el viento al partir.
Procuraste, quizás, no despertarme, yo estaba muy quieto sobre mi lecho. Te agachaste a mi lado, de hecho, pasaste tus aterciopeladas manos sobre mi cabello con un dulce y suave masaje en el centro de la coronilla. Quise abrir los ojos para verte, pero en medio de la oscuridad no he podido aprehenderte. En la lejanía se escuchaba el canto de unos grillos entre los abrojos de la noche silenciosa.
—Shhhh, hombre bello… —susurraste, besándome la frente.
Me dejé llevar cuando tus suaves manos bajaron por mi cuello. Noté los anillos que decoran tus honorables dedos sobre mi piel. Siempre quieres proceder a tu manera, lenta y elegante, y como lo sé, me dejo llevar como un humilde aprendiz con su sabio maestro. Tu boca se allegó a la mía y pude beber sin llegar a saciar nunca la sed que me consumía.
Oh, rey, bajaste a mi pecho, que ardía, y jugueteaste con mis pezones, arrodillado sobre mi en el lecho. Me dejé estar muy quieto y disfrutar como podía… Oh, si, sabio rey, con tu lengua reposaste en mi ombligo y jugaste como un niño en el pozo de Jacob, como lo llamaste.
—Y te haré subir y bajar también por su escalera —susurraste.
No comprendía. Por la escalera de Jacob solamente suben y bajan los ángeles celestes, a menos que desees, mi sabio señor y alma mía, llevarme al jardín del Edén y disfrutar allí de las mieles de la vida y del amor…
Dejaste tu corona áurea sobre la nívea mesa de mi alcoba y te quitaste la sedosa túnica que te arropa y que arrojaste sobre mi lecho. Con movimientos lentos y armoniosos decidiste terminar de sacarme la ropa y todo lo que me estorbara, juntaste tu piel a mi piel y pude sentir un escalofrío recorrer toda mi espalda a medida que pasabas tus dedos suaves y dulces de miel.
—Estoy a punto del éxtasis… —dije sin me poder contener de temblor.
—Aguanta, amor —susurraste, tranquilo, mientras lamías mi oreja.
Quise recorrer tu anatomía hasta llegar al sexo. Esquivaste mis caricias y eludiste mi sed de nuevo. Bajaste tus manos aterciopeladas por mis caderas y tomaste mis muslos con firmeza. Sentí desfallecer al notar tu húmeda boca sobre mi.
—Esta vez quiero acabar —dije.
—¿Para qué? Lo importante es el camino y no el llegar…
Siempre tan enigmático, sabio y prudente rey. Deseo verte en el horizonte, cual mesías, subido a un irreverente caballo blanco y la lanza en ristre, con tu corona de oro en la cabeza y tu manto púrpura a tu espalda. ¡Embiste! Quiero el beso de tu boca, beber de la fuente de agua viva de tu palabra. El placer me recorre la espalda cuando me dejas beber. Por favor, deja que sacie mi sed, aunque solo sea por hoy, esta noche… hasta la madrugada.
Escucho tu sonrisa, noto el salado sabor de tu piel… y de pronto me coronas de placer. Tu boca recorre la zona de mi sexo y me dejo llevar… Una fuerte energía brota de ahí como una poderosa cascada, hasta llevarnos a ambos al paraíso, al jardín del Edén, por un estrecho túnel con brillante luz al fin. Oh, mi Adán, juntemos nuestros cuerpos esta noche en Belén, ciudad de David.
—¿Por qué tanta prisa, mi bien? —me dices—. Disfruta del momento.
Siento que subo por las cumbres de la Ciudad Santa hasta el Monte del Templo. Si, el Monte Moriah. Me conduces por encima de las nubes con tus suaves caricias, con tu boca… Escucho el viento, escucho una fuerte cascada y un poderoso trueno que relampaguea tanto en el cielo como en la hondonada… Las trompetas claman ya a las puertas del Templo, listas para la apertura. El shofar… Y cuando estaba a punto de reventar no ha pasado nada. ¿Por qué, oh, rey? Te llamé y te rogué que volvieras mientras te levantabas de mi lecho y cogías tu sedosa túnica damasquinada.
—Por hoy es suficiente, mi buen amigo —dijiste.
—¿Justo te vas en el momento álgido, mi buen amado?
—Así cada día trabajas un poco más de cara al éxtasis final.
—¿Y por qué no ahora? —pregunté.
—Hay que saber esperar…
Cogiste tu áurea corona de mi nívea mesa.
—Si haces como te digo, algún día podrás coronarte con una mejor que esta…
—¿Cómo voy a coronarme si no soy de estirpe real?
—Cuando te haga llegar al séptimo cielo, la has de llevar.
Y te has ido de mi cuarto, dejaste mi puerta sin cerrar y sin hacer ruido me has dejado.
Siempre tuyo, humilde esclavo
Ariel ben Nasí


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