viernes, 14 de julio de 2023

LA DANZA DEL REY DAVID

 


Muy de mañana, antes de la salida del sol, David preparó a sus soldados, músicos y los descendientes de Aharon, y se encaminó a casa de Obed Edom, un levita nativo de Gat-Rimón, que era donde se encontraba el Arca de la Alianza por aquellos días. Había llegado la hora de trasladarla a Jerusalén, a la ciudad de David. Pero esta vez harían las cosas en condiciones y trasladarían el Arca como Dios mismo había prescrito en Vayikrá y en Devarim. El Arca solo debía ser trasladada a hombros de los sacerdotes, y no en un carro construido por filisteos, como habían hecho en el pasado. El rey no quería que sucediera lo mismo que aconteció con Uza.

Tras llegar a la casa, el sol salía por el horizonte y el rey David pronunció una bendición. Tras esto, pidió un efod de lino a un levita y se lo ciño por encima de su túnica blanca, también de lino. Dejó su diadema en manos del levita que le tendió el efod y cerró los ojos. Los músicos estaban preparados cuando se dio el toque de salida. Los cuatro levitas encargados de portar el arca la levantaron por los varales al unísono, depositaron estos sobre sus hombros y los tambores y los címbalos comenzaron a sonar: tan-tan-taaan, tan-tan-taaaan … El sacerdote Quenanías dirigía el traslado y Obed Edom iba a su lado.

David levantó los brazos y sus ojos azules al cielo y elevó una plegaria. Los levitas comenzaron a caminar protegidos por los guardias del rey y, tras ellos, el gentío iba tras la comitiva del arca.

Comenzaron a tocar las trompetas, las arpas y las cítaras. El rey se colocó delante de la comitiva y tuvo la intuición de comenzar a bailar. A medida que la percusión aumentaba el ritmo sintió que su conciencia lo abandonaba. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… Algo, una conciencia, conectó con él y él con ella. Comenzó a dar saltos y giró de un lado al otro. El ruedo de la túnica dibujaba un círculo perfecto en el aire y los muslos del rey se descubrieron. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… El ritmo frenético lo obligaba a girar y girar continuamente, hacia la derecha y hacia la izquierda. Su cabello flotaba a su alrededor, pero David continuó con los ojos cerrados y la frente hacia el cielo.

La comitiva paró y un levita sacrificó un toro y un cordero cebado. Tras las libaciones la comitiva continuó. El rey reanudó baile, más lento al principio para terminar en una danza frenética. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… Comenzó a ver una gran luz aparecer entre sus ojos, un olor a incienso y flores. Pudo escuchar unos pensamientos como si alguien susurrara a su oído y un sonido como si muchas aves levantaran vuelo: las alas de los ángeles. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan…

La comitiva paró para realizar otro sacrificio, pero el rey ya no se encontraba presente en este mundo. Seguía enganchado en una especie de trance. Escuchaba cosas: alas, cascadas de agua fresca sobre rocas, una tormenta, campanas… ¿Las campanillas del manto del sumo sacerdote? No, eran muchas campanas con un sonido más grave y resonante… ¿Grillos? ¿También escuchaba grillos? Sin embargo, escuchaba todo eso y más. Las voces de los ángeles cantaban Sha-lom a-lei-jem, ma-la-jei ha-sha-reit ma-la-jei El-yon…” Enfrascado en su trance seguía girando y girando de un lado a otro. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan…

Tan pronto llegaron a Jerusalén los músicos hicieron sonar el shofar. Buuuuuuuuu – buuuuuuuuuu. Mical, la esposa del rey, estaba observando la celebración desde la ventana del palacio, pero, al ver a su esposo bailar de semejante manera lo despreció en su corazón.

Los tambores cesaron frente la tienda que debía albergar el Arca de la Alianza. ¡Tamtán! El rey David quedó de rodillas frente al tabernáculo. Todavía permanecía con los ojos cerrados, dos lágrimas descendían por sus mejillas y los brazos seguían levantados al cielo. Estaba conmocionado por todo lo que había visto y oído. En poco tiempo se había convertido en un ser liminal, una conexión entre un mundo y el otro. Todo quedó en silencio y el tiempo se paralizó como por encanto.

Los levitas dejaron el Arca en el altar. El rey se levantó muy lentamente y avanzó hacia el tabernáculo. Allí, junto al sumo sacerdote, ofició la ofrenda de holocaustos y sacrificios de comunión.

Tras las celebraciones religiosas, David hizo que las criadas repartieran, entre hombres y mujeres, una torta de pan, un pastel de dátiles y otro de uvas pasas. Todos pudieron comer y beber hasta hartarse.

Cuando la gente, ya harta, se dispuso a partir para sus casas, David se levantó, tomo su diadema, dejó el efod de lino en manos de un levita y partió hacia su palacio, acompañado de sus criados y los músicos.

Cómo se ha cubierto de gloria el rey de Israel, descubriéndose a los ojos de las criadas de los servidores como se descubre un cualquiera dijo Mical, con desprecio.

Danzaré sin descanso ante el Señor, que me ha preferido a tu padre y a toda su casa para hacerme jefe de todo su pueblo de Israel. Y me rebajaré todavía más, y me humillaré a mis propios ojos; pero apareceré cada vez con mayor gloria ante esas criadas de las que tú has hablado —respondió el rey David, rey y profeta de Israel.

(Escena en 2 Sa 6 y en 1 Cr 15)




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