viernes, 14 de julio de 2023

EL MESIAS (HA MASHIAJ)

 





Oh, amado señor, rey de Ierusaláim:

Cuando el Cohen Gadol del Templo de la Ciudad Santa, con su efod al pecho, te colocaba la corona de oro sobre la cabeza y un collar en la garganta, no me podía contener con el deseo de que después de la ceremonia tuvieras un poco de tiempo para mi. ¿Me has visto? Estaba lejos, al fondo, pero a la vez cerca de ti.

Ya de noche, tras los festejos, cuando en mi alcoba, preparado para dormir pensando en ti, escuché el chirrido de la puerta cuando alguien se asoma. Noté el olor dulzón de la azucena y el jazmín, el incienso y el ajonjolí. Oí el sonido de tus sedas y tus brocados, los pies descalzos y el viento al partir.

Procuraste, quizás, no despertarme, yo estaba muy quieto sobre mi lecho. Te agachaste a mi lado, de hecho, pasaste tus aterciopeladas manos sobre mi cabello con un dulce y suave masaje en el centro de la coronilla. Quise abrir los ojos para verte, pero en medio de la oscuridad no he podido aprehenderte. En la lejanía se escuchaba el canto de unos grillos entre los abrojos de la noche silenciosa.

Shhhh, hombre bello susurraste, besándome la frente.

Me dejé llevar cuando tus suaves manos bajaron por mi cuello. Noté los anillos que decoran tus honorables dedos sobre mi piel. Siempre quieres proceder a tu manera, lenta y elegante, y como lo sé, me dejo llevar como un humilde aprendiz con su sabio maestro. Tu boca se allegó a la mía y pude beber sin llegar a saciar nunca la sed que me consumía.

Oh, rey, bajaste a mi pecho, que ardía, y jugueteaste con mis pezones, arrodillado sobre mi en el lecho. Me dejé estar muy quieto y disfrutar como podía… Oh, si, sabio rey, con tu lengua reposaste en mi ombligo y jugaste como un niño en el pozo de Jacob, como lo llamaste.

Y te haré subir y bajar también por su escalera susurraste.

No comprendía. Por la escalera de Jacob solamente suben y bajan los ángeles celestes, a menos que desees, mi sabio señor y alma mía, llevarme al jardín del Edén y disfrutar allí de las mieles de la vida y del amor…

Dejaste tu corona áurea sobre la nívea mesa de mi alcoba y te quitaste la sedosa túnica que te arropa y que arrojaste sobre mi lecho. Con movimientos lentos y armoniosos decidiste terminar de sacarme la ropa y todo lo que me estorbara, juntaste tu piel a mi piel y pude sentir un escalofrío recorrer toda mi espalda a medida que pasabas tus dedos suaves y dulces de miel.

Estoy a punto del éxtasis… dije sin me poder contener de temblor.

Aguanta, amor susurraste, tranquilo, mientras lamías mi oreja.

Quise recorrer tu anatomía hasta llegar al sexo. Esquivaste mis caricias y eludiste mi sed de nuevo. Bajaste tus manos aterciopeladas por mis caderas y tomaste mis muslos con firmeza. Sentí desfallecer al notar tu húmeda boca sobre mi.

Esta vez quiero acabar dije.

¿Para qué? Lo importante es el camino y no el llegar…

Siempre tan enigmático, sabio y prudente rey. Deseo verte en el horizonte, cual mesías, subido a un irreverente caballo blanco y la lanza en ristre, con tu corona de oro en la cabeza y tu manto púrpura a tu espalda. ¡Embiste! Quiero el beso de tu boca, beber de la fuente de agua viva de tu palabra. El placer me recorre la espalda cuando me dejas beber. Por favor, deja que sacie mi sed, aunque solo sea por hoy, esta noche… hasta la madrugada.

Escucho tu sonrisa, noto el salado sabor de tu piel… y de pronto me coronas de placer. Tu boca recorre la zona de mi sexo y me dejo llevar… Una fuerte energía brota de ahí como una poderosa cascada, hasta llevarnos a ambos al paraíso, al jardín del Edén, por un estrecho túnel con brillante luz al fin. Oh, mi Adán, juntemos nuestros cuerpos esta noche en Belén, ciudad de David.

¿Por qué tanta prisa, mi bien? me dices. Disfruta del momento.

Siento que subo por las cumbres de la Ciudad Santa hasta el Monte del Templo. Si, el Monte Moriah. Me conduces por encima de las nubes con tus suaves caricias, con tu boca… Escucho el viento, escucho una fuerte cascada y un poderoso trueno que relampaguea tanto en el cielo como en la hondonada… Las trompetas claman ya a las puertas del Templo, listas para la apertura. El shofar… Y cuando estaba a punto de reventar no ha pasado nada. ¿Por qué, oh, rey? Te llamé y te rogué que volvieras mientras te levantabas de mi lecho y cogías tu sedosa túnica damasquinada.

Por hoy es suficiente, mi buen amigo dijiste.

¿Justo te vas en el momento álgido, mi buen amado?

Así cada día trabajas un poco más de cara al éxtasis final.

¿Y por qué no ahora? pregunté.

Hay que saber esperar…

Cogiste tu áurea corona de mi nívea mesa.

Si haces como te digo, algún día podrás coronarte con una mejor que esta…

¿Cómo voy a coronarme si no soy de estirpe real?

Cuando te haga llegar al séptimo cielo, la has de llevar.

Y te has ido de mi cuarto, dejaste mi puerta sin cerrar y sin hacer ruido me has dejado.


Siempre tuyo, humilde esclavo

Ariel ben Nasí





LA DANZA DEL REY DAVID

 


Muy de mañana, antes de la salida del sol, David preparó a sus soldados, músicos y los descendientes de Aharon, y se encaminó a casa de Obed Edom, un levita nativo de Gat-Rimón, que era donde se encontraba el Arca de la Alianza por aquellos días. Había llegado la hora de trasladarla a Jerusalén, a la ciudad de David. Pero esta vez harían las cosas en condiciones y trasladarían el Arca como Dios mismo había prescrito en Vayikrá y en Devarim. El Arca solo debía ser trasladada a hombros de los sacerdotes, y no en un carro construido por filisteos, como habían hecho en el pasado. El rey no quería que sucediera lo mismo que aconteció con Uza.

Tras llegar a la casa, el sol salía por el horizonte y el rey David pronunció una bendición. Tras esto, pidió un efod de lino a un levita y se lo ciño por encima de su túnica blanca, también de lino. Dejó su diadema en manos del levita que le tendió el efod y cerró los ojos. Los músicos estaban preparados cuando se dio el toque de salida. Los cuatro levitas encargados de portar el arca la levantaron por los varales al unísono, depositaron estos sobre sus hombros y los tambores y los címbalos comenzaron a sonar: tan-tan-taaan, tan-tan-taaaan … El sacerdote Quenanías dirigía el traslado y Obed Edom iba a su lado.

David levantó los brazos y sus ojos azules al cielo y elevó una plegaria. Los levitas comenzaron a caminar protegidos por los guardias del rey y, tras ellos, el gentío iba tras la comitiva del arca.

Comenzaron a tocar las trompetas, las arpas y las cítaras. El rey se colocó delante de la comitiva y tuvo la intuición de comenzar a bailar. A medida que la percusión aumentaba el ritmo sintió que su conciencia lo abandonaba. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… Algo, una conciencia, conectó con él y él con ella. Comenzó a dar saltos y giró de un lado al otro. El ruedo de la túnica dibujaba un círculo perfecto en el aire y los muslos del rey se descubrieron. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… El ritmo frenético lo obligaba a girar y girar continuamente, hacia la derecha y hacia la izquierda. Su cabello flotaba a su alrededor, pero David continuó con los ojos cerrados y la frente hacia el cielo.

La comitiva paró y un levita sacrificó un toro y un cordero cebado. Tras las libaciones la comitiva continuó. El rey reanudó baile, más lento al principio para terminar en una danza frenética. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan… Comenzó a ver una gran luz aparecer entre sus ojos, un olor a incienso y flores. Pudo escuchar unos pensamientos como si alguien susurrara a su oído y un sonido como si muchas aves levantaran vuelo: las alas de los ángeles. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan…

La comitiva paró para realizar otro sacrificio, pero el rey ya no se encontraba presente en este mundo. Seguía enganchado en una especie de trance. Escuchaba cosas: alas, cascadas de agua fresca sobre rocas, una tormenta, campanas… ¿Las campanillas del manto del sumo sacerdote? No, eran muchas campanas con un sonido más grave y resonante… ¿Grillos? ¿También escuchaba grillos? Sin embargo, escuchaba todo eso y más. Las voces de los ángeles cantaban Sha-lom a-lei-jem, ma-la-jei ha-sha-reit ma-la-jei El-yon…” Enfrascado en su trance seguía girando y girando de un lado a otro. Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-taaan…

Tan pronto llegaron a Jerusalén los músicos hicieron sonar el shofar. Buuuuuuuuu – buuuuuuuuuu. Mical, la esposa del rey, estaba observando la celebración desde la ventana del palacio, pero, al ver a su esposo bailar de semejante manera lo despreció en su corazón.

Los tambores cesaron frente la tienda que debía albergar el Arca de la Alianza. ¡Tamtán! El rey David quedó de rodillas frente al tabernáculo. Todavía permanecía con los ojos cerrados, dos lágrimas descendían por sus mejillas y los brazos seguían levantados al cielo. Estaba conmocionado por todo lo que había visto y oído. En poco tiempo se había convertido en un ser liminal, una conexión entre un mundo y el otro. Todo quedó en silencio y el tiempo se paralizó como por encanto.

Los levitas dejaron el Arca en el altar. El rey se levantó muy lentamente y avanzó hacia el tabernáculo. Allí, junto al sumo sacerdote, ofició la ofrenda de holocaustos y sacrificios de comunión.

Tras las celebraciones religiosas, David hizo que las criadas repartieran, entre hombres y mujeres, una torta de pan, un pastel de dátiles y otro de uvas pasas. Todos pudieron comer y beber hasta hartarse.

Cuando la gente, ya harta, se dispuso a partir para sus casas, David se levantó, tomo su diadema, dejó el efod de lino en manos de un levita y partió hacia su palacio, acompañado de sus criados y los músicos.

Cómo se ha cubierto de gloria el rey de Israel, descubriéndose a los ojos de las criadas de los servidores como se descubre un cualquiera dijo Mical, con desprecio.

Danzaré sin descanso ante el Señor, que me ha preferido a tu padre y a toda su casa para hacerme jefe de todo su pueblo de Israel. Y me rebajaré todavía más, y me humillaré a mis propios ojos; pero apareceré cada vez con mayor gloria ante esas criadas de las que tú has hablado —respondió el rey David, rey y profeta de Israel.

(Escena en 2 Sa 6 y en 1 Cr 15)




miércoles, 12 de julio de 2023

EL ENTIERRO DEL APÓSTOL SANTIAGO

 



Llegaban cansados y tristes. La pesada barca avanzaba, con lentitud, a través de las tranquilas aguas de la ría hasta que hallaron un puerto, Iria Flavia. El primero a saltar a tierra fue Atanasio, el más joven, quien cogió el cabo y lo ató al noray del puerto.

¿Te has fijado en esa piedra? No está bien atar la barca ahí —señaló Teodoro.

Atanasio miró en derredor, pero no halló otro punto más apropiado donde atarla.

Dejémosla aquí, estoy cansado.

Es un ara votiva a Neptuno, ¿no te das cuenta? No está bien dejar la barca aquí —insistió Teodoro.

Atanasio se fijó un poco más en las letras que tenía inscritas. Teodoro tenía razón y no estaría bien descargar el cuerpo del apóstol en un lugar contaminado con otros dioses. Pero no tenían muchas alternativas.

Bueno, y ahora… ¿qué hacemos? —dijo Teodoro.

Por mi… comer y dormir —dijo Atanasio.

Teodoro le dio un empujón.

Solo piensas en comer. Tenemos que descargar el cuerpo del apóstol y pedir un carro y unos bueyes para llevarlo al Libredón y cumplir con la última voluntad del santo.

Podemos acudir a la reina Lupa. Creo que también fue su discípula. ¿No fue aquella mujer a la que bautizó en el castro Lupario? dijo Atanasio.

Si —contestó Teodoro con desgana.

¿Qué haremos con el cuerpo? —quiso saber Atanasio.

Es mejor dejarlo aquí. Yo iré a hablar con Lupa mientras tú vigilas el cuerpo del apóstol —dijo Teodoro, después de caminar cierta distancia—. Así lo hacemos todo más rápido.

Mientras Atanasio se quedó junto al apóstol, Teodoro, con paso firme y rápido se encaminó al castro Lupario. El castro estaba emplazado en lo alto de un monte lleno de peñas graníticas. Su muralla, ciclópea, lo rodeaba por completo. Al llegar a la puerta, los guardias le franquearon el paso con sus lanzas, y tubo que pedir audiencia con la reina del lugar, la reina loba.

Una mujer alta y esbelta apareció tras traspasar la muralla por la puerta principal. Venía acompañada de sus guardias. La bella mujer estaba vestida con pieles de diversos animales, cosa que le daba un aspecto salvaje a sus ojos de gata, y se adornaba con diversas joyas de oro, incluyendo el grueso torques, elemento indicativo de la autoridad que ostentaba.

¿Quién osa perturbar mi descanso? —dijo ella, seductora.

Disculpe, mi señora. Soy Teodoro, discípulo del santo que caminó y predicó por estas tierras no hace mucho.

¿Aquel greñudo? —preguntó ella con desprecio.

¡No, señora! —dijo Teodoro—. El apóstol del Cristo resucitado.

Ahh… —dijo ella con aire despistado mientras jugueteaba con su rubio cabello con los dedos—. ¿Y bien? ¿Qué diablo es lo que quieres?

Necesitamos algo para trasladar su cuerpo y… mi compañero y yo llevamos siete días en una barca y estamos sin provisiones y …

Un momento… ¿Acaso queréis que os mantenga? —dijo ella mirando a Teodoro de arriba abajo.

Hemos salido del puerto de Haifa hace siete días en una pequeña barca y con las provisiones muy justas para mi compañero y para mi. Necesitamos un carro para transportar el cadáver de mi señor, el santo, para llevarlo a enterrar donde él quería ser sepultado —dijo Teodoro—. Estamos a vuestra merced y en su territorio, y como también es discípula del santo, pedimos su colaboración.

Está bien —dijo ella poniendo los ojos en blanco—. Aún así, debéis ir a la ciudad de Duio para hablar con el rey. Él es el que tiene autoridad sobre amplios territorios de toda esta comarca.

Dicho esto, la reina se dio la vuelta y se alejó del lugar junto a sus sirvientes. Mas ella sabía que el rey de Duio los apresaría y los mataría. Teodoro sintió una losa sobre su cabeza. Tenía que ir a Duio, la ciudad situada donde la tierra se acaba, el Finis Terrae.

Tras llegar a la ciudad, después de mucho caminar, se acercó al castillo del rey. Pero este no lo quiso recibir, sino que, por contra, lo mandó apresar y meterlo en un oscuro calabozo. Atanasio, al ver que su compañero no llegaba, dejó el cuerpo del apóstol en una cueva, bien oculto, y se encaminó a Duio.

Al llegar, también fue hecho prisionero y llevado a las cárceles del castillo.

Esa noche, angustiados como estaban por la suerte del cuerpo del apóstol, decidieron agarrarse de las manos, arrodillados en el duro suelo pétreo y ponerse en oración. Dios se apiadó de ellos e hizo caer un sueño muy pesado sobre los guardias de la cárcel, que se quedaron dormidos, y la celda dónde se alojaban, se abrió como por encanto. Salieron a todo correr, pero dos de los guardias se dieron cuenta y corrieron tras ellos. Tomaron el puente romano Nicraria, sobre el río Tambre, y, tan pronto lo cruzaron, este se derrumbó sobre el río. Miraron hacia atrás. Los guardias del rey de Duio se quedaron al otro lado sin poder hacer nada para atraparlos.

Por fin, estaban a salvo.

¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —preguntó Atanasio.

Volveré a hablar con la engreída de Lupa —masculló Teodoro, desganado.

Pues como no nos demos prisa, el cuerpo del santo se descompone… —dijo Atanasio, amargado.

Seguro que Dios nos concede el tiempo suficiente para conseguir los medios con qué enterrar al santo …

¡Mira allá! —dijo Atanasio señalando hacia el mar.

Teodoro se dio la vuelta y vio hacia el lugar donde su compañero señalaba. Una gran ola se levantó en el horizonte y avanzaba a gran velocidad hacia la ciudad de Duio.

¡Corramos! —exclamó Teodoro—. Quizás no estemos lo suficientemente lejos.

Ambos echaron a correr hacia la cumbre de un monte. Atanasio miró hacia el mar, pero ya no pudo divisar la ciudad del soberbio rey. Había sido cubierta por el agua del mar y, en su lugar, había una hermosa bahía de blanca y fina arena.

Un castigo de Dios, Atanasio, para que veas que está con nosotros. Sigamos. Iré a hablar con Lupa.

¿Cómo es ella? ¿Es hermosa o… ? —quiso saber Atanasio, curioso.

Teodoro lo miró de reojo.

Físicamente es hermosa, sin duda. Pero su alma es oscura como el carbón.

Ve con Dios, hermano —dijo Atanasio, preocupado.

Teodoro volvió a plantarse ante las murallas del castro Lupario. Los guardias le franquearon el paso de nuevo y, poco después volvió a ver a aquella mujer con el mismo aspecto salvaje de siempre.

Recurrimos a usted, majestad, porque no tenemos a quién recurrir. El reino de Duio está cubierto por las aguas del mar —dijo Teodoro, inclinado ante aquella mujer.

Ella mostró en su rostro un poco de incredulidad por la suerte que había corrido la ciudad de Duio y por su rey y continuó imperturbable. Jugueteó con el peine de oro que llevaba en una de las manos.

Entonces… queréis un carro con bueyes y provisiones… —dijo la soberbia mujer jugueteando con sus dorados rizos.

Si, si os place… —Teodoro llevó los ojos al suelo.

Está bien. Os proporcionaré lo que pedís. Pero para eso debéis ir al monte Illicino. Allá están los bueyes que necesitáis dijo ella clavando el dedo sobre un pico montañoso más o menos cercano. El peine que sujetaba con la mano refulgía como el sol.

La reina Lupa se dio media vuelta y volvió a penetrar dentro de las murallas del castro.

Los discípulos del apóstol se encaminaron, entonces al monte señalado por Lupa. Cuando hubieron llegado a la cima del monte buscaron los bueyes, pero no los veían por ninguna parte. De pronto, aparecieron un par de toros paciendo tranquilamente en una de sus laderas.

Vale —dijo Atanasio, desanimado—. Ahora solo nos falta encontrar el carro.

Anímate, hombre. Vamos allá.

Ambos hombres fueron a coger los toros, pero estos eran bravos y embistieron hacia ellos inmediatamente. Atanasio se escondió tras una peña y Teodoro se metió en una cueva. Allí pudo ver un carro reluciente, misterioso. Se acercó a verlo porque le parecía que desprendía una luz tenue.

Salió a informar a Atanasio con un par de cuerdas en la mano, que había encontrado sobre el carro. Ambos volvieron a dónde estaban los toros. Uno por un lado y el otro por el lado opuesto, con mucho esfuerzo, consiguieron dominar los toros cuando les echaron el lazo con las cuerdas maravillosas. Mansos como corderos caminaron hacia el carro como si supiesen de antemano dónde se encontraba.

Estamos de suerte —dijo Atanasio—. No hay mejor carro que este para llevar el cuerpo del santo.

De pronto, escucharon un estruendo y salió de una gran cueva un monstruoso y terrorífico dragón.

Atanasio estaba dispuesto a correr ladera abajo y abandonar allí el cuerpo del apóstol. Pero Teodoro lo agarró por la túnica, de tal modo, que casi se la rasga.

Hombre de poca fe, hemos conseguido domar los toros, también podremos contra este bicho.

El dragón se aproximó a ellos con fuertes rugidos de fuego. Teodoro se agachó, cogió dos ramitas e hizo una cruz con ellas.

¿Qué haces, insensato? ¡Corre! —gritó Atanasio santiguándose al ver que el dragón se dirigía a su compañero.

Teodoro se levantó con la pequeña cruz y avanzó, decidido, hacia el dragón. Cuando estaba al alcance de una llamarada extendió los brazos y mostró la cruz al gran reptil.

¡Vade retro, satana! En nombre de nuestro señor, Jesucristo, te digo: ¡apártate! —gritó Teodoro.

El animal retrocedió, abrió sus grandes alas y desapareció en lo profundo de los cielos. Atanasio no daba crédito a la escena que había visto, protegido por una peña.

¿Ves como no era para tanto? Sal de esa piedra y ayúdame —dijo Teodoro, temblando todavía.

Depositaron el cadáver del apóstol en el maravilloso carro y bajaron el monte Illicino, al que luego llamaron Pico Sacro, y se dirigieron al Libredón. Al llegar, los hombres analizaron el terreno y cavaron con las manos un agujero.

¿Lo vamos a enterrar así, como un animal? —dijo Atanasio.

Podríamos haberle pedido a Lupa una arca de mármol para enterrarlo —dijo Teodoro con tristeza.

Tras haber dicho eso, una arca de mármol apareció al lado de la improvisada tumba.

¡Anda ya! —exclamó Atanasio, tapándose la boca, sorprendido.

Teodoro no respondió. También estaba sorprendido. Tomó el cuerpo del apóstol y lo depositó en el arca.

¿Has visto? Es perfecta —dijo Teodoro—. Jesucristo, nuestro señor, está con nosotros.

Tras depositar el arca debajo la tierra, tomaron unas flores del monte y las colocaron a modo de ofrenda.

Trabajo concluido, ahora, Atanasio, vamos a predicar el evangelio a todas estas gentes.

Ambos hombres se sacudieron las manos y las túnicas, se secaron el sudor del rostro y comenzaron la tarea de predicación por cuantas aldeas encontraron.

lunes, 3 de julio de 2023

ENCUENTRO DE TEUCRO Y DIOMEDES

 



Teucro decidió salir de Helenos a causa de Leucoiña. Hacía ya mucho tiempo que andaba detrás de ella, en vano. Había llegado a Erizana una fría tarde de diciembre, donde se alojó y a la mañana siguiente seguiría su camino hacia Tyde.

¿Y que le lleva a Tyde? dijo el tabernero mientras le servía el hidromiel que había pedido.

Debo hablar con Diomedes, el Tidida… —contestó Teucro.

¡Ja! ¿Y crees que el gran Diomedes va a hablar con un… ?

Los ojos de Teucro echaron chispas.

¡Por Atenea, pide que no te mate ahora mismo. No sabes con quien estás hablando!

No se enfade, hombre —dijo el tabernero acobardado—. Diomedes no está en Tyde. Está aquí.

¿Aquí? ¿En la posada?

No, en Erizana dijo el posadero poniendo los ojos en blanco.

Dime donde se aloja, he de hablar con él exigió el mejor arquero de los aqueos.

En el saliente rocoso verás un palacio. Está allí.

Teucro pagó rápidamente y salió ante la intempestiva noche invernal no sin antes haberse cubierto con una piel de oso. El tabernero meneó la cabeza y siguió sirviendo sus viandas aquellos oscuros hombres.

La noche estaba fría, pero eso no detuvo a Teucro. Un guardia del palacio le franqueó la entrada con su broncínea lanza.

He de hablar con tu señor. Anunciame con el nombre de Teucro, el hijo de Telamón, rey de Salamina.

El guardia entró en el palacio. Enseguida un hombre salió envuelto en pieles.

¿A quién tengo el honor de recibir en medio de una ventisca? —dijo Diomedes, el Tidida.

Teucro, de Salamina, compañero en la grandiosa batalla de Troya respondió Teucro.

Nada más y nada menos que el hermano de Áyax y mejor arquero del bando aqueo¿Qué te trae por aquí?

Ambos hombres se abrazaron bajo la nieve que había comenzado a caer.

Vamos adentro. Estaremos más cómodos al lado de la hoguera —dijo Diomedes.

Una vez hubieron entrado en el salón del palacio, Teucro notó el olor a humo y arrugó la nariz.

¿Qué pasa? Llevo todo el día al lado de la hoguera. Esto no es Argos, amigo mío.

Sin duda. Este olor me recuerda a Troya.

¿Cómo te has enterado de que estoy aquí? quiso saber Diomedes.

Las noticias vuelan. Un mensajero llegó de Argos. El mensaje decía que habías muerto a manos de tu esposa Egialea y del cobarde miserable de Cometes. No lo quise creer. Mandé más mensajeros hasta que me informaron que un aqueo había llegado a esta misma costa. Entonces me dijeron que un tal Diomedes había fundado la ciudad de Tyde, al sur de Helenos.

Así es, al llegar a casa me hicieron una emboscada esos hijos de mala madre —dijo Diomedes, meneando la cabeza . Pero aquí me ves…

Yo fundé Helenos tan pronto llegué. Es una ciudad muy humilde, pero… está bastante bien —dijo Teucro, orgulloso.

No seas tan humilde. Yo fundé Tyde, ciudad grande, amigo. Mandé construir unas murallas tan grandes y fuertes como las de Argos que protege toda la ciudad, en la cima de un monte. Los habitantes del lugar me aclamaron como un dios. Hay que decir que muchos aqueos me acompañaron y se asentaron junto con las mujeres del lugar. Mujeres muy bellas, por cierto.

Ah, manda algunos aqueos para Helenos. Conmigo vino muy poca gente. Muchos decidieron quedarse en la Tierra del Gran Río y las Pirámides informó Teucro.

Me pregunto qué habrá sido de Odiseo. Espero que Penélope lo haya esperado y ahora sean felices. Tantos años en Troya… ¡Qué tiempos aquellos! —dijo Diomedes.

Mi padre me echó en cara que no haya vengado la muerte de Áyax, pero… ¡Si se ha suicidado! Pero no lo entiende… Así que al final he decidido irme y buscarme una nueva vida lejos de casa.

Entonces, ¿has estado en la Tierra del Gran Río y no has querido quedarte? Te aseguro que allí no habrías pasado el frío que se pasa aquí. Es demencial —dijo Diomedes calentándose al fuego.

Una bella mujer me encontré allí cuando fui a recibir un oráculo sobre mi futuro. Era tan bella como Helena. Me preguntó por el resultado de la campaña de Troya y yo la informé de todo. ¡Cuánto se parecía a Helena! dijo Teucro.

Bellas mujeres y buen clima… no entiendo como no te quedaste allí.

Sabes que soy aventurero y valiente, pero… —dijo Teucro bajando la vista.

¿Qué pasó, hermano? ¿Hay problemas en Helenos? —se interesó Diomedes.

No exactamente. Hay una sirena en el mar, enfrente a Helenos que…

¡No me digas más! Eso es un asunto muy grave… ¿No la habrás escuchado? —soltó Diomedes.

Teucro asintió con la cabeza, afligido.

A los lugareños no les afecta, pero a mi… después de mi azarosa vida…

Envía a tus hombres a que la maten, antes de que ella mate a todos los hombres de la ciudad —dijo Diomedes.

¿Cómo mandar matarla? Ella no es como las sirenas del Peloponeso. De ninguna manera… sin ella no puedo vivir, pero con ella tampoco —dijo Teucro, triste.

Estás en un gran problema. No se como son las sirenas de estas tierras, pero son sirenas. O la matáis o estaréis perdidos.

Teucro no contestó. Diomedes le echó una mano por encima del hombro.

¿Estás enamorado, verdad? —preguntó.

Teucro asintió, en silencio y con vergüenza.

Venías a pedirme ayuda, supongo.

Quería el consejo de un compañero de luchas, con tanta experiencia en … sirenas —dijo Teucro.

Pues ya lo has oído. Hay que matarla. He oído que Odiseo superó esa prueba.

¿Y no será necesario obtener la gracia de los dioses, primero? ¿Escuchar un oráculo? preguntó Teucro.

Zeus, él nos ayudará.

Tras el encuentro, Teucro pernoctó en el palacio. Al día se encaminó hacia Helenos algo más calmado. Al fin y al cabo, si muere Leucoiña se habría terminado su problema.

Al cabo de una semana, un batallón se presentó ante la muralla de Helenos. Por su aspecto parecían aqueos con su broncínea armadura y sus lanzas. Sus cascos parecían una inmensa cola de gallo, con plumas de todos los colores. Teucro convocó a sus hombres para que se unieran al batallón de Diomedes.

Pero, ¿hace falta tanta gente? —preguntó Teucro, sorprendido, a Diomedes.

Todas las precauciones son pocas, hermano.

Si solamente es una mujer…

Te equivocas… Es una sirena apostilló Diomedes, muy serio.

Bueno, en todo caso, solo es una —insistió Teucro.

Hay que usar de estrategia, amigo —dijo Diomedes señalándose la cabeza—. Si los hombres escuchan su canto no habrá forma humana de acabar con ella.

Está bien, tú mandas.

Diomedes hizo subir a algunos de sus hombres a un barco con los oídos tapados y armados hasta los dientes.

¿Y el resto de los hombres, para qué? —preguntó Teucro.

Nosotros seremos el plan B, por si esta expedición fracasa —dijo Diomedes, tranquilo.

De pronto las olas se elevaron y, en medio de ellas, surgió la figura de un arrogante hombre-pez de más de tres metros de altura cubierto de grandes escamas y algas.

¡Neptuno! —gritaron todos al unísono.

Ante esa visión muchos de los hombres de Diomedes se dieron a la fuga.

¿Qué queréis con mi hija? —dijo el hombre-pez con voz tan atronadora como si saliera de las entrañas de la tierra.

Señor Neptuno, amado dios, su hija incomoda a los hombres con sus cantos… —comenzó a decir Diomedes.

¡No soy Neptuno! ¡Soy Berobreo! —tronó de nuevo.

Diomedes miró hacia Teucro, extrañado y le dijo:

Será un señor local, invoquemos a Neptuno para que nos ayude con este.

Teucro no contestó.

Neptuno no tiene jurisdicción en estas tierras, este es mi señorío, mi territorio dijo Berobreo.

Al acabar de decir eso, el mar se embraveció, las olas llegaron hasta la orilla y Teucro y Diomedes se apartaron hacia un lugar más alto y seguro. La pequeña embarcación acabó sumergida entre las olas junto a todos los soldados que portaba.

¡Maldito dios! —exclamó Diomedes—. ¡Invocaré a Ares contra ti, yo, Diomedes de Argos y Etolia, te ordeno que te retires! Invoco a la diosa Atenea, que venga en mi ayuda.

Sin embargo, Atenea no acudió y una ola se llevó a Diomedes delante de los sorprendidos ojos de Teucro.

¡No! —gritó Teucro, corriendo hacia el mar para intentar salvar a su amigo.

Y tú… —dijo Berobreo apuntando a Teucro con un dedo.

Detén tu furia contra él, padre —dijo Leucoiña, que había aparecido de improviso—. Ese es mi amado, en quien me complazco.

Teucro no creía lo que había escuchado. Leucoíña lo amaba. Se dejó llevar por su canto.

La sirena se acercó a la orilla y se colocó frente a él.

Si me amas tendrás que venir a mi mundo —dijo.

Con gusto te seguiría… —dijo Teucro, hipnotizado.

Vivo en la isla de Ons. Te espero en la noche. Ven solo dijo ella, guiñándole un ojo.

La sirena desapareció y el mar volvió a la calma. A lo lejos pudo observar a Diomedes agarrado a un madero, flotando en medio de la ría. Teucro suspiró. Llamó a los hombres que habían quedado con vida para organizar el rescate de Diomedes. Sin embargo, el mar se lo llevaba cada vez más hacia el centro del océano. Cada vez que se acercaban al madero, este todavía iba más lejos. Al llegar al final de la ría tomó el camino del sur. Teucro entornó los ojos con el fin de ver mejor en la distancia. Parecía que el madero en el que Diomedes estaba era conducido por una fuerza inteligente. ¿La diosa Venus, quizás? Puede ser. Pero Teucro estaba hipnotizado y no veía la hora de ir a la isla.

Preparó una pequeña embarcación con cosas básicas para permanecer en la isla unos cuantos días. Después se acercó al campo, más allá de Helenos, y recogió unas flores. A las mujeres les gustan estas cosas, aunque, en cuanto a las sirenas, nada se sabe. Sonrió. Solamente pensaba en Leucoíña. Había encontrado el amor de su vida.

La noche lo pilló de improviso. Tomó una pequeña lucerna de aceite y la puso en la proa del pequeño barco. Se guiaría por las estrellas, además, sabía donde quedaba la isla de memoria. Embarcó y desamarró la barca. Comenzó a remar hacia la entrada de la ría. Hacía una noche estupenda y una gran luna llena se dibujaba en el firmamento. Alzó los ojos y vio la isla a lo lejos. Siguió remando con alegría, pensando en el encuentro con el amor de su vida. Tenía la mitad del cuerpo de pez, sin embargo, no le importaba. “La hija del señor del mar, ¿quién es Teucro para casarse con semejante princesa, hija de un dios? Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, mucho más que Helena. Pensaba que Menelao era un hombre con suerte, sin embargo, yo...”.

De pronto se elevó una ola en el mar. Solo una, y de ella surgió el gigantesco hombre-pez. Teucro se sorprendió.

Conozco tus pensamientos, pobre mortal… Mi hija es mucho más bella que esa Helena, sin duda. Además, tengo otras dos, que viven en las Islas Cíes.

A mi me llega con una, señor —dijo Teucro.

¿Estás seguro que quieres entrar en nuestro mundo para estar con mi hija?

Sin duda, iría hasta el fin del mundo por ella.

De pronto se levantó una gran tempestad. Las olas se elevaron varios metros y caían como cascadas. La barca de Teucro comenzó a hundirse.

¡No! —exclamó, asustado—. ¡Me hundo!

Una gran ola lo envolvió y lo besó en la boca. Teucro mantenía los ojos abiertos bajo el mar e intentaba salir a flote con todas sus fuerzas. Sus pulmones ardían, sus fuerzas perecían bajo el mar. Lo último que vieron sus ojos fue el rostro de Leucoíña frente a él.

El mar se tranquilizó y el resto de la noche fue apacible. Una pequeña luz surgió del mar, y, sobre este, se encaminó hacia la isla de Ons, la isla de los muertos.



LA MALDICIÓN

  Declaración del acusado: Juro por Allah, glorificado sea, que he visto a Mariam, la madre de Isa, parir bajo la palmera. Y doy este ...