Teucro decidió salir de Helenos a causa de Leucoiña. Hacía ya mucho tiempo que andaba detrás de ella, en vano. Había llegado a Erizana una fría tarde de diciembre, donde se alojó y a la mañana siguiente seguiría su camino hacia Tyde.
—¿Y que le lleva a Tyde? —dijo el tabernero mientras le servía el hidromiel que había pedido.
—Debo hablar con Diomedes, el Tidida… —contestó Teucro.
—¡Ja! ¿Y crees que el gran Diomedes va a hablar con un… ?
Los ojos de Teucro echaron chispas.
—¡Por Atenea, pide que no te mate ahora mismo. No sabes con quien estás hablando!
—No se enfade, hombre —dijo el tabernero acobardado—. Diomedes no está en Tyde. Está aquí.
—¿Aquí? ¿En la posada?
—No, en Erizana —dijo el posadero poniendo los ojos en blanco.
—Dime donde se aloja, he de hablar con él —exigió el mejor arquero de los aqueos.
—En el saliente rocoso verás un palacio. Está allí.
Teucro pagó rápidamente y salió ante la intempestiva noche invernal no sin antes haberse cubierto con una piel de oso. El tabernero meneó la cabeza y siguió sirviendo sus viandas aquellos oscuros hombres.
La noche estaba fría, pero eso no detuvo a Teucro. Un guardia del palacio le franqueó la entrada con su broncínea lanza.
—He de hablar con tu señor. Anunciame con el nombre de Teucro, el hijo de Telamón, rey de Salamina.
El guardia entró en el palacio. Enseguida un hombre salió envuelto en pieles.
—¿A quién tengo el honor de recibir en medio de una ventisca? —dijo Diomedes, el Tidida.
—Teucro, de Salamina, compañero en la grandiosa batalla de Troya —respondió Teucro.
—Nada más y nada menos que el hermano de Áyax y mejor arquero del bando aqueo… ¿Qué te trae por aquí?
Ambos hombres se abrazaron bajo la nieve que había comenzado a caer.
—Vamos adentro. Estaremos más cómodos al lado de la hoguera —dijo Diomedes.
Una vez hubieron entrado en el salón del palacio, Teucro notó el olor a humo y arrugó la nariz.
—¿Qué pasa? Llevo todo el día al lado de la hoguera. Esto no es Argos, amigo mío.
—Sin duda. Este olor me recuerda a Troya.
—¿Cómo te has enterado de que estoy aquí? —quiso saber Diomedes.
—Las noticias vuelan. Un mensajero llegó de Argos. El mensaje decía que habías muerto a manos de tu esposa Egialea y del cobarde miserable de Cometes. No lo quise creer. Mandé más mensajeros hasta que me informaron que un aqueo había llegado a esta misma costa. Entonces me dijeron que un tal Diomedes había fundado la ciudad de Tyde, al sur de Helenos.
—Así es, al llegar a casa me hicieron una emboscada esos hijos de mala madre —dijo Diomedes, meneando la cabeza —. Pero aquí me ves…
—Yo fundé Helenos tan pronto llegué. Es una ciudad muy humilde, pero… está bastante bien —dijo Teucro, orgulloso.
—No seas tan humilde. Yo fundé Tyde, ciudad grande, amigo. Mandé construir unas murallas tan grandes y fuertes como las de Argos que protege toda la ciudad, en la cima de un monte. Los habitantes del lugar me aclamaron como un dios. Hay que decir que muchos aqueos me acompañaron y se asentaron junto con las mujeres del lugar. Mujeres muy bellas, por cierto.
—Ah, manda algunos aqueos para Helenos. Conmigo vino muy poca gente. Muchos decidieron quedarse en la Tierra del Gran Río y las Pirámides —informó Teucro.
—Me pregunto qué habrá sido de Odiseo. Espero que Penélope lo haya esperado y ahora sean felices. Tantos años en Troya… ¡Qué tiempos aquellos! —dijo Diomedes.
—Mi padre me echó en cara que no haya vengado la muerte de Áyax, pero… ¡Si se ha suicidado! Pero no lo entiende… Así que al final he decidido irme y buscarme una nueva vida lejos de casa.
—Entonces, ¿has estado en la Tierra del Gran Río y no has querido quedarte? Te aseguro que allí no habrías pasado el frío que se pasa aquí. Es demencial —dijo Diomedes calentándose al fuego.
—Una bella mujer me encontré allí cuando fui a recibir un oráculo sobre mi futuro. Era tan bella como Helena. Me preguntó por el resultado de la campaña de Troya y yo la informé de todo. ¡Cuánto se parecía a Helena! —dijo Teucro.
—Bellas mujeres y buen clima… no entiendo como no te quedaste allí.
—Sabes que soy aventurero y valiente, pero… —dijo Teucro bajando la vista.
—¿Qué pasó, hermano? ¿Hay problemas en Helenos? —se interesó Diomedes.
—No exactamente. Hay una sirena en el mar, enfrente a Helenos que…
—¡No me digas más! Eso es un asunto muy grave… ¿No la habrás escuchado? —soltó Diomedes.
Teucro asintió con la cabeza, afligido.
—A los lugareños no les afecta, pero a mi… después de mi azarosa vida…
—Envía a tus hombres a que la maten, antes de que ella mate a todos los hombres de la ciudad —dijo Diomedes.
—¿Cómo mandar matarla? Ella no es como las sirenas del Peloponeso. De ninguna manera… sin ella no puedo vivir, pero con ella tampoco —dijo Teucro, triste.
—Estás en un gran problema. No se como son las sirenas de estas tierras, pero son sirenas. O la matáis o estaréis perdidos.
Teucro no contestó. Diomedes le echó una mano por encima del hombro.
—¿Estás enamorado, verdad? —preguntó.
Teucro asintió, en silencio y con vergüenza.
—Venías a pedirme ayuda, supongo.
—Quería el consejo de un compañero de luchas, con tanta experiencia en … sirenas —dijo Teucro.
—Pues ya lo has oído. Hay que matarla. He oído que Odiseo superó esa prueba.
—¿Y no será necesario obtener la gracia de los dioses, primero? ¿Escuchar un oráculo? —preguntó Teucro.
—Zeus, él nos ayudará.
Tras el encuentro, Teucro pernoctó en el palacio. Al día se encaminó hacia Helenos algo más calmado. Al fin y al cabo, si muere Leucoiña se habría terminado su problema.
Al cabo de una semana, un batallón se presentó ante la muralla de Helenos. Por su aspecto parecían aqueos con su broncínea armadura y sus lanzas. Sus cascos parecían una inmensa cola de gallo, con plumas de todos los colores. Teucro convocó a sus hombres para que se unieran al batallón de Diomedes.
—Pero, ¿hace falta tanta gente? —preguntó Teucro, sorprendido, a Diomedes.
—Todas las precauciones son pocas, hermano.
—Si solamente es una mujer…
—Te equivocas… Es una sirena —apostilló Diomedes, muy serio.
—Bueno, en todo caso, solo es una —insistió Teucro.
—Hay que usar de estrategia, amigo —dijo Diomedes señalándose la cabeza—. Si los hombres escuchan su canto no habrá forma humana de acabar con ella.
—Está bien, tú mandas.
Diomedes hizo subir a algunos de sus hombres a un barco con los oídos tapados y armados hasta los dientes.
—¿Y el resto de los hombres, para qué? —preguntó Teucro.
—Nosotros seremos el plan B, por si esta expedición fracasa —dijo Diomedes, tranquilo.
De pronto las olas se elevaron y, en medio de ellas, surgió la figura de un arrogante hombre-pez de más de tres metros de altura cubierto de grandes escamas y algas.
—¡Neptuno! —gritaron todos al unísono.
Ante esa visión muchos de los hombres de Diomedes se dieron a la fuga.
—¿Qué queréis con mi hija? —dijo el hombre-pez con voz tan atronadora como si saliera de las entrañas de la tierra.
—Señor Neptuno, amado dios, su hija incomoda a los hombres con sus cantos… —comenzó a decir Diomedes.
—¡No soy Neptuno! ¡Soy Berobreo! —tronó de nuevo.
Diomedes miró hacia Teucro, extrañado y le dijo:
—Será un señor local, invoquemos a Neptuno para que nos ayude con este.
Teucro no contestó.
—Neptuno no tiene jurisdicción en estas tierras, este es mi señorío, mi territorio —dijo Berobreo.
Al acabar de decir eso, el mar se embraveció, las olas llegaron hasta la orilla y Teucro y Diomedes se apartaron hacia un lugar más alto y seguro. La pequeña embarcación acabó sumergida entre las olas junto a todos los soldados que portaba.
—¡Maldito dios! —exclamó Diomedes—. ¡Invocaré a Ares contra ti, yo, Diomedes de Argos y Etolia, te ordeno que te retires! Invoco a la diosa Atenea, que venga en mi ayuda.
Sin embargo, Atenea no acudió y una ola se llevó a Diomedes delante de los sorprendidos ojos de Teucro.
—¡No! —gritó Teucro, corriendo hacia el mar para intentar salvar a su amigo.
—Y tú… —dijo Berobreo apuntando a Teucro con un dedo.
—Detén tu furia contra él, padre —dijo Leucoiña, que había aparecido de improviso—. Ese es mi amado, en quien me complazco.
Teucro no creía lo que había escuchado. Leucoíña lo amaba. Se dejó llevar por su canto.
La sirena se acercó a la orilla y se colocó frente a él.
—Si me amas tendrás que venir a mi mundo —dijo.
—Con gusto te seguiría… —dijo Teucro, hipnotizado.
—Vivo en la isla de Ons. Te espero en la noche. Ven solo —dijo ella, guiñándole un ojo.
La sirena desapareció y el mar volvió a la calma. A lo lejos pudo observar a Diomedes agarrado a un madero, flotando en medio de la ría. Teucro suspiró. Llamó a los hombres que habían quedado con vida para organizar el rescate de Diomedes. Sin embargo, el mar se lo llevaba cada vez más hacia el centro del océano. Cada vez que se acercaban al madero, este todavía iba más lejos. Al llegar al final de la ría tomó el camino del sur. Teucro entornó los ojos con el fin de ver mejor en la distancia. Parecía que el madero en el que Diomedes estaba era conducido por una fuerza inteligente. ¿La diosa Venus, quizás? Puede ser. Pero Teucro estaba hipnotizado y no veía la hora de ir a la isla.
Preparó una pequeña embarcación con cosas básicas para permanecer en la isla unos cuantos días. Después se acercó al campo, más allá de Helenos, y recogió unas flores. A las mujeres les gustan estas cosas, aunque, en cuanto a las sirenas, nada se sabe. Sonrió. Solamente pensaba en Leucoíña. Había encontrado el amor de su vida.
La noche lo pilló de improviso. Tomó una pequeña lucerna de aceite y la puso en la proa del pequeño barco. Se guiaría por las estrellas, además, sabía donde quedaba la isla de memoria. Embarcó y desamarró la barca. Comenzó a remar hacia la entrada de la ría. Hacía una noche estupenda y una gran luna llena se dibujaba en el firmamento. Alzó los ojos y vio la isla a lo lejos. Siguió remando con alegría, pensando en el encuentro con el amor de su vida. Tenía la mitad del cuerpo de pez, sin embargo, no le importaba. “La hija del señor del mar, ¿quién es Teucro para casarse con semejante princesa, hija de un dios? Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, mucho más que Helena. Pensaba que Menelao era un hombre con suerte, sin embargo, yo...”.
De pronto se elevó una ola en el mar. Solo una, y de ella surgió el gigantesco hombre-pez. Teucro se sorprendió.
—Conozco tus pensamientos, pobre mortal… Mi hija es mucho más bella que esa Helena, sin duda. Además, tengo otras dos, que viven en las Islas Cíes.
—A mi me llega con una, señor —dijo Teucro.
—¿Estás seguro que quieres entrar en nuestro mundo para estar con mi hija?
—Sin duda, iría hasta el fin del mundo por ella.
De pronto se levantó una gran tempestad. Las olas se elevaron varios metros y caían como cascadas. La barca de Teucro comenzó a hundirse.
—¡No! —exclamó, asustado—. ¡Me hundo!
Una gran ola lo envolvió y lo besó en la boca. Teucro mantenía los ojos abiertos bajo el mar e intentaba salir a flote con todas sus fuerzas. Sus pulmones ardían, sus fuerzas perecían bajo el mar. Lo último que vieron sus ojos fue el rostro de Leucoíña frente a él.
El mar se tranquilizó y el resto de la noche fue apacible. Una pequeña luz surgió del mar, y, sobre este, se encaminó hacia la isla de Ons, la isla de los muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario