martes, 23 de agosto de 2022

UNA HISTORIA DE OTRO MUNDO





Buenos días a todos.  Simplemente llamadme Jessé. Estoy aquí para contaros una historia de otro mundo. Soy una entidad espiritual y he venido a contaros la historia de mi vida de cuando estaba encarnado en la tierra y después en el cielo.

Nací en el seno de una buena familia judía, con buenos principios religiosos y morales. Mi madre siempre estuvo al cuidado de todos nosotros, pues éramos diez hermanos. Mi padre estaba  siempre ocupado con sus negocios y, después de su trabajo, se encerraba en su habitación a estudiar la Torá o el Talmud. Mamá siempre se ocupaba de todo, la casa, los hijos, ir a la compra y en organizarlo todo para que padre tuviera todo listo al día siguiente para ir a su oficina y nosotros al colegio. Se ocupaba de la logística de toda la familia.

Mi época infantil pasó sin mucho que decir. Siempre he sido un niño normal, con sus más y sus menos. Todos nos llevábamos bien, salvo algunas riñas infantiles de poca importancia.

Cuando tenía veinte años iba a la universidad. Estudiaba comercio, como mi padre. El se sentía muy orgulloso de mi. Comencé mi primer negocio junto a él en la venta de armas y, aparte, me compré unas acciones en bolsa de una farmacéutica. Conocí a una muchacha de una buena familia judía que estudiaba conmigo en la universidad. Todo parecía sonreírme.

Mi hermano Salomón estaba celoso de que nuestro padre tuviera tanto trato conmigo. Salomón quería estar en mi lugar y sus celos, que crecían cada vez más, fueron el detonante final. Y  consiguió lo que se propuso. 

Un día, me dirigí a la cocina a por un vaso de agua. Me serví de la jarra de la que bebíamos todos. Estaba relajado y tranquilo. Me senté a la mesa cuando, de pronto, entró Salomón en la cocina. 

—¡Salomón! ¿Qué haces? —. Llevaba una pistola en la mano derecha, los ojos encendidos en llamas. 

—Eres un hijo de puta, Jessé. No te cómo lo has hecho para ser el niño mimado de papá. Para tu información, por si no lo sabías, yo soy el primogénito.

—Lo se. Yo no quiero quitarte ningún derecho. No quiero quitarte nada.

—Deja los negocios de papá. Y déjate de inmiscuirte siempre en sus asuntos. Ese es mi lugar. Y cuando se mueran nuestros padres yo seré el primero en tomar la herencia y el resto… a lo que os toque —dijo Salomón irritado.

—Tranquilízate, Salomón. Simplemente estoy estudiando comercio y quiero iniciarme en el mundillo. No quiero arrebatarte nada. No me veas como una amenaza. Soy tu hermano.

Sin contar con ello, me pegó un par de disparos en el pecho. Antes de caer al suelo vi mi propia sangre derramada en mis manos. En vano quería contener la hemorragia y gritar ayuda. El grito se me congeló en la garganta y mi visión se volvió borrosa. 

Cuando volví en mi, me levanté del suelo y me observé. Sorprendentemente, seguía vivo. Corrí al hospital para que me atendieran de urgencia. Estaba a dos cuadras de mi casa, así que ya fui a pie.

Entré por el servicio de urgencias gritando ayuda. Me desangraba aunque, sorprendentemente, no me dolía la herida.

Me quedé muy sorprendido al ver que nadie me echaba la menor cuenta. Con la cantidad de sangre que llevaba en mis manos y en la ropa nadie se sorprendió. La chica de la recepción hacía como que no me escuchaba. Pensé que no tenía muchas ganas de trabajar. Ya dentro fui a un cubículo donde entraba el médico. Le grité, le tiré de la bata… ¡nada! Aquello tenía más de pesadilla que de realidad. Así que pensé que me encontraba en mi cama durmiendo. Nada más pensarlo me encontré tumbado en mi cama. Cuando abrí los ojos pasé mi vista por toda la habitación, todo estaba como siempre. ¡Menos mal! Todo había sido una pesadilla. Me dejé estar en cama un buen rato, descansando. La pesadilla que había tenido me había dejado hecho polvo.

De pronto escuché a mamá gritar y llorar desesperadamente. Creo que venía del supermercado. Me levanté al oír sus gritos y fui a la cocina a ver qué le había pasado. Estaba inconsolable y la abracé. 

—Mamá, ¿qué pasa?

Llegó mi padre y entró en la cocina corriendo. 

—¿Qué pasa, Susana?

De pronto, papá se quedó petrificado en la puerta de la cocina y se echó las manos a la cabeza, sudoroso, pálido. De repente, se arrodilló al lado de un cuerpo. Por un momento pensé que podía ser el cuerpo de un ladrón que había entrado. 

—¡Jessé! ¡Jessé! Susana, hay que llamar a una ambulancia, rápido. Jessé está herido.

Mamá fue de inmediato a coger el teléfono y llamó a emergencias. Yo me quedé petrificado. Era mi cuerpo. La pesadilla era una realidad. No me lo podía creer. Yo estaba allí, estaba vivo. ¿Por qué mi cuerpo yacía en un charco de sangre? No podía comprender que mi cuerpo estuviera allí tirado y yo estar de pie frente a él. ¿Será que sigo soñando?

Finalmente, mi cuerpo estaba muerto y acabó en un tanatorio de la ciudad. Mis padres lloraban en una esquina. Mis hermanos estaban allí, sin embargo, Salomón no estaba. Mi cuerpo estaba pacíficamente recostado en un ataúd, vestido con mis mejores galas, maquillado, rodeado de coronas de flores. Me quedé mirando todo aquello. ¿Cómo era posible? 

De repente, llegó Salomón, aparentemente desconsolado, con ojeras, despeinado. Ni que se hubiera cubierto de cenizas y rasgara sus vestiduras a modo de pecador arrepentido como se dice en las Escrituras. Pero solamente era una representación teatral.

Se acercó a papá y lo abrazó. Mi padre estaba deshecho. El tanatorio estaba lleno de gente que comentaba cuánto, quería a su hermano. La rabia me invadió de pronto. Su vista inflamaba mi cólera. 

—¡Asesino! —le grité—. ¡Hipócrita!

Me sumergí en mi ira. De repente comienzo a escuchar risotadas y unos comentarios que no sabía de dónde procedían. 

—Ja ja ja. Este pobre incauto, asesinado por su propio hermano. Y mira el Salomón que papelón está haciendo.

—Ya te digo. Al Salomón hay que nominarlo a los Oscar. Lo estaremos esperando. Tenemos todo el tiempo del mundo.

—¿Y que hacemos con este?

—Reírnos, fomentar su ira y su cólera para que los de blanco no vengan a buscarlo y así poder llevárnoslo. Carne fresca, aunque lo de carne sea un decir.

—¿Y qué le podemos imputar para poder llevárnoslo? Es inocente, fue la víctima.

—Tu eres tonto. ¿No ves que si fomentamos su cólera hacia Salomón lo tendremos a nuestra merced?

Siguieron riéndose de mi y me increpaban a que le hiciera algo malo a Salomón. «Mátalo, mátalo». Pero una cosa me dejó intrigado. ¿Quienes son los de blanco? Y lo peor, ¿quiénes eran ellos y qué querían de mi?

Deambulé por el tanatorio buscando a aquellas personas. Encontré dos hombres de aspecto horrible jugando a las cartas, alrededor de una mesa.

—Señores, ¿quienes son ustedes? —pregunté. Ellos levantaron la cabeza, dirigieron sus miradas hacia mi y se rieron.

—Míralo, Pepe. Pobrecito. Su hermano Salomón lo mató para quitarle su herencia, su padre y, según tengo entendido, la novia. 

—¿La novia? No tengo novia —dije. 

—¿Y quién es esa chica morena, delgada, llamada Sonja, que va contigo a clase? Mejor dicho, iba, jajaja.

—¿Cómo podéis saber eso?

—Nosotros somos como Dios, jajaja, lo sabemos todo. Somos “amigos” de Salomón. Y como somos sus amigos, sabemos que él le ha echado el ojo a la chica —dijo el más listo de los dos guiñando un ojo.

—¡Nooo! —grité horrorizado—. ¡Salomón, no!

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En aquel momento me hundí en la miseria, y nunca mejor dicho. Todavía escuchaba sus risas cuando me encontré en un lugar oscuro y tétrico. Estaba todo oscuro, con una bruma gris. Mis pies chapoteaban en un barro pestilente y pegajoso. Habían escasos troncos de árboles muertos, construcciones grotescas y lagunas pestilentes a cada paso. Los habitantes de aquel lugar estaban pálidos y ojerosos. Algunos se escondían, desconfiados, detrás de grises rocas y de vez en cuando asomaban la cabeza para vigilarme. Yo venía a ser un nuevo habitante. Se acercó a mi una prostituta que tenía su ropa desgastada y vieja, andrajosa.

—¿Eres nuevo aquí? —me preguntó. 

—Nuevo ¿cómo?

—Si, veo que eres nuevo. Ven conmigo y te enseñaré esta ciudad maravillosa —dijo cogiéndome de una mano. 

—No me toques —dije desconfiado—. ¿Qué es este lugar?

—Ciertos encarnados lo llaman umbral. Los católicos lo llaman infierno o purgatorio. Los de otras religiones lo llaman de otra manera, pero viene a ser el inframundo, el hades, el sheol.

Me quedé un poco sorprendido. He muerto y he acabado en un lugar llamado umbral o sheol. No había fuego por ningún lado. 

—¿Por qué eres amable conmigo? ¿Acaso eres la guía de este lugar?

—Te vi buen mozo y, ya sabes, me gusta la retribución por mis “servicios”—dijo dándome a entender que lo que quería era sexo conmigo. 

—¡Apártate! —dije, y me alejé de ella. 

No se por cuanto tiempo vagué en medio de aquellas sombras. Quizás días, meses, años… 

Se escuchaban gritos, improperios blasfemos… Mis ropas se convirtieron en andrajos. Sentía un profundo odio en el corazón por Salomón. Lo odiaba con todas mis fuerzas y con toda mi alma.  Pasé a residir en una cueva del lugar, me acostumbré a escuchar blasfemias e insultos y comencé a sentir dolor en mi corazón doblemente herido, hasta que un día me arrodillé en el suelo desnudo de la cueva e hice una profunda oración a Dios. 

—¡Oh! Dios, sáqueme de este lugar. 

Sinceras lágrimas bañaban mi cara. Oré con la mayor profundidad que conocía, hasta que esa oración me llenó el corazón de un buen sentimiento. En ese momento vi una claridad difusa que se acercaba. Esa claridad se materializó en una especie de vagón de tren que venía volando. Estacionó delante mía y bajaron unos hombres que estaban vestidos de blanco. Mientras ellos se acercaban mi corazón se consolaba. A su lado me sentía bien. Me invitaron a subir a ese carro misterioso. Estaba receloso. Ya había tenido nefastas experiencias allí con ciertos habitantes que arrastraban a otros a sus cuevas y los gritos de escuchaban a kilómetros a la redonda.

—¿A dónde me llevan, señores?

—No tengas miedo, Jessé. Nosotros somos los servidores de Dios. Te llevaremos a un lugar dónde podrás recuperarte y sentirte mejor. 

Finalmente, me subí a aquel vehículo con ellos, levantó vuelo y, en la brevedad del rayo, estábamos atravesando todo aquel lugar de oscuridad.

—¿Qué es ese lugar? —quise saber.

—Este es el umbral inferior. Es el lugar al que van las personas que, al desencarnar, llevan deudas consigo.

—¿Deudas? Yo no tengo deudas. Siempre pagué a quién debía. ¿Por qué acabé ahí?

—Por tu odio hacia Salomón. Cuando digo deudas no son deudas con los hombres, sino deudas contraídas con Dios. Y el odio es una de ellas —dijo el más anciano de ellos.

—Es normal sentir odio por un hermano, que te es querido, que empuña una pistola contra ti sin haberle hecho nada.

—Tu hermano es un desventurado. Ha contraído una deuda grandísima con lo que te hizo. Más que odio, lo que necesita es piedad. ¿Cuanto tiempo necesitará tu hermano permanecer en el umbral, o peor aún, en las tinieblas? 

No dije nada y me dejé conducir. El aerobús, así le llamaban, estacionó frente a un bello edificio que resultó ser un extraño hospital. Me acostaron en una cama flotante y me descubrieron el pecho. Una sustancia negra y pegajosa salía de la herida y la carne de alrededor estaba gangrenada. Me espanté con el estado de mi herida. Ellos me calmaron y un enfermero comenzó a hacer algunos movimientos con las manos que me aliviaban. Unos vapores verdes subían mientras las manos curativas pasaban sobre mi herida. Me dejé hacer y me relajé. En la sala había otros hombres hospitalizados y ninguna mujer. 

—¿Las mujeres no vienen a este lugar? Yo he visto mujeres en el umbral, pero aquí no he visto ninguna —dije.

El enfermero se echó a reír con franqueza y me señaló que las mujeres estaban en otra zona del edificio, en el pabellón de las mujeres.

Era una ciudad maravillosa. Cuando pude salir del lecho hospitalario fui con un enfermero amigo a recorrer la ciudad. Los edificios tenían formas armoniosas y cristalinas. Todo allí estaba conformado por figuras geométricas regulares. Los jardines estaban llenos de flores de colores diversos, siempre frescas. El aire era puro, limpio y luminoso. Los habitantes de ese lugar eran amables y serviciales. Había zonas de recreo, parques naturales donde los riachuelos terminaban en un grandioso lago que no terminaba de llenarse nunca. Las aguas eran cristalinas y el lago era de apacible agua limpia. Nada que ver con las charcas que había visto en el umbral inferior. Había auditorios cubiertos y al aire libre donde íbamos a disfrutar de la música. Me habitué enseguida a los conciertos de piano de los viernes. 

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Un día, me llamaron del Edificio de Gobierno. Querían verme.

—¿Cómo estás, Jessé? —dijo una señora anciana con amabilidad.

—Bien, señora. Ya me siento recuperado.

—Ya veo. Se que asiste a todas las oraciones, que es un hombre tranquilo y amable, su odio hacia su hermano se ha ido.

—Si, por fin —contesté aliviado.

—Entonces, es hora de empezar a trabajar.

—Aquí en el cielo, ¿también se trabaja? —pregunté con asombro.

—En realidad, esto no es el cielo. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Esta es una de ellas —después de una pausa, prosiguió—. Esta es una colonia espiritual situada en el plano astral superior. Todavía estamos muy cerca de la tierra. Los que aquí estamos todavía tenemos un largo camino para trabajarnos como espíritus hasta llegar a ser puros. 

—¿Cómo? ¿Y el Juicio de Dios? ¿La resurrección? —pregunté extrañado.

—Dios no juzga. Nos juzgamos a nosotros mismos. ¿Alguien te ha hablado de la reencarnación?

—¿Reencarnación? En el judaísmo no tenemos este concepto, solamente la resurrección. 

—Todos nosotros reencarnamos, salvo los que tú llamas ángeles. Esos no reencarnan más, ya son puros —dijo la amable anciana, y prosiguió —. Reencarnamos para pagar nuestras deudas con el Divino y con los demás. Todas las faltas cometidas en una vida se cobrarán en otra posterior.

—¿Cómo es posible eso? —pregunté, sin salir de mi asombro —. Eso no puede ser verdad, me está usted engañando.

—No, hermano. Aquí nadie engaña a nadie —y agarrándome por un brazo añadió—. Por favor, venga conmigo.

La gobernadora de la colonia me condujo a una habitación que era similar a una sala de cine con una gran pantalla. Nos sentamos allí y de pronto comenzó la película de mi vida. Me vi naciendo, creciendo al lado de mis padres, y todas las secuencias hasta llegar el momento en el que Salomón me disparó. 

—Bien, esa es la película de mi vida, la que conozco —dije levantándome.

—No tan deprisa —dijo reteniéndome por un brazo y con una sonrisa apacible en la cara —. Todavía tenemos que ver otra.

Me senté y dio inicio la siguiente película. En esa película aparecía Salomón. Era un campesino y yo era el dueño de aquellos terrenos dónde el trabajaba. Tenía una novia muy guapa y a mi me gustaba mucho. Para quedarme con ella, una noche fui al cobertizo donde dormía y a quemarropa le pegué un disparo. Tenía el silenciador puesto así que, nadie se enteró.

Después la película transcurre en un lugar que reconocí inmediatamente: el umbral inferior. Allí seguíamos con nuestras rivalidades hasta que, arrepentido, fui rescatado por los de blanco, por el personal de la misma colonia en donde me hallaba ahora. Debido a mi arrepentimiento y a los trabajos que llevé a cabo en la colonia se programó mi siguiente encarnación. Sería hermano de Salomón para, así, poder conquistar su amor. Nacer en el mismo hogar, con unos abnegados padres que se prestaron a tenernos y educarnos a unos cuantos espíritus endeudados, entre ellos, Salomón y yo.

—Entonces...Salomón y yo…

—Habéis nacido juntos para rescatar una deuda. Una deuda que ya has rescatado mediante ese disparo.

—¿Sugiere que yo tenía que morir así, asesinado por mi hermano?

—De ningún modo. Vosotros fuisteis hermanos para cultivar el amor fraternal. Sin embargo, ese riesgo seguía latente. Salomón es un espíritu débil y sucumbió ante sus terribles celos. El contrajo una deuda que tendrá que pagar más tarde —dijo la amable gobernadora. Nos dirigimos caminando hasta los jardines del imponente edificio.

—No se si lo he comprendido bien. El infierno, el sheol no existe y el paraíso tampoco. ¿Simplemente, existen una sucesión de cielos ascendentes sin final? 

—Si, y nosotros estamos en el primero —dijo.

—Y ¿el umbral qué es? —pregunté. 

—El umbral es otra dimensión paralela a la dimensión terrestre. Tiene varias partes. Algunos encarnados pueden verlo, no todos. Las tinieblas están situadas en una dimensión un poco inferior a esa. Te puedo hablar de dimensiones porque, supongo, estás familiarizado con ese término. 

—Si, las dimensiones físicas. 

—Exacto. ¿Tienes alguna otra pregunta?

—Tengo muchas, pero, ¿qué es de mi familia, mis padres, hermanos…? ¿Podría ir a visitarlos?

—Podrías, si. Pero antes deberías estar preparado para hacer ese viaje y no sucumbir a la vista de Salomón. No es bueno para ti que vayas ahora. Todavía estas frágil.

Nos despedimos y me fui a mi hospedaje, ya que al salir del hospital me instalaron en un edificio comunitario, como en una especie de residencia. Allí la gente puede comprar una casa pero, para eso, hay que tener bonus-hora. Allí todo se paga con una especie de bonus – hora que se consiguen con los servicios prestados en la colonia. Yo todavía no tenía bonus para comprar una casa y, por lo tanto, vivía en esa residencia o edificio comunitario. En la colonia nadie se queda sin vivienda ni nadie es privado de lo que le es necesario.

Comencé a recibir preparación para atender a los enfermos de un ala del hospital, y estuve haciendo eso por un tiempo. Después fui con los de blanco, los que llamamos samaritanos, para recoger espíritus arrepentidos perdidos en el umbral. El trayecto en el aerobús era tranquilo hasta llegar a un lugar oscuro, brumoso y como una especie de humo negro que impedía la entrada de los rayos solares. Además, había turbulencias como cuando un avión atraviesa una tormenta. Aseguré mi cinturón de seguridad y miré por la ventanilla el dantesco espectáculo. Aquello parecía, efectivamente, el infierno de Dante. 

El trayecto de vuelta era más agradable, portando nuestra maravillosa carga de espíritus arrepentidos. Lloraban y gemían. Estaban exhaustos. Es una alegría dejar atrás la masa oscura de la tierra y ver de nuevo los rayos del sol. 

Las personas rescatadas iban al hospital, ingresaban dependiendo de sus malestares. Las cámaras de rectificación eran para los que se ponían violentos. Muchos dormían durante largos días, semanas e incluso años. Yo no recuerdo haber dormido tanto.

—Martín, ¿yo dormí tanto como éstos? —le pregunté al enfermero que me acompañaba en aquel turno, que era el mismo que me había tratado tiempo atrás.

—Para nada, Jessé. Dormiste muy poco. Cada espíritu duerme lo que le hace falta, pues los que están más adelantados, incluso, no duermen en absoluto. Los espíritus que más duermen son los que están más atrasados. El odio, el rencor, la falta de perdón y todos los malos sentimientos son venenos para el alma, y la dañan mucho. No digo mortalmente, porque no morimos nunca. Nunca. La muerte es una ilusión, no existe.

—¿Cómo va a ser? Yo estoy muerto —respondí sin muchas luces.

—Ah, ¿si? Entonces ¿porque estás hablando conmigo? Los dos estamos muertos a los ojos del mundo, pero vivimos. Y viviremos siempre porque el espíritu  nunca muere. ¿Ya te hablaron de la reencarnación? —quiso saber Martín. 

—Si —respondí.

—Vivimos en dos planos alternativamente, pero la vida verdadera es esta. Esta es la vida eterna que decían las sagradas escrituras, y no la vida del cuerpo físico perecedero.

Estaba aprendiendo muchísimas cosas en poco tiempo. Mi padre me había educado en las Sagradas Escrituras y mi madre nos enseñaba una moral estricta. Pero las Escrituras, yo, como varón, las estudiaba junto a mi  padre y mis otros hermanos varones. Nunca había leído nada de aquello. Lo de la vida eterna sí, pero supongo que lo relacioné mal. Martín era cristiano, tenía sus escrituras. Muhammad era musulmán y tenía las suyas. Pero en aquella colonia estábamos todos juntos y todo el mundo se llevaba bien, a pesar de las diferencias religiosas, todos adorábamos al mismo Dios. Había un solo templo en aquella colonia. En ese templo orábamos todos juntos, gente de todas las religiones y culturas. Era la religión de los espíritus, donde no había diferencias de credo. Cada uno hacía sus rituales, pero todas las plegarias subían hacia la cúpula del templo como rayos luminosos. Después de la oración bajaban unas gotas de rocío refrescantes que proporcionaban serenidad, amor y paz. De dice que todos los caminos llevan a Roma, y todas las religiones llevan a Dios.

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Después de un tiempo me llamaron al edificio del Ministerio de la Reencarnación. Allí el mentor quería charlar conmigo. 

—Hola, Jessé. Bienvenido a esta casa. 

—Hola, señor. 

—Llámame Joaquín, por favor.  Vamos a ver… —dijo mirando unos papeles—. Ah, si aquí. Bien. Tenemos que hablar sobre tu futura reencarnación. 

—Pero, todavía no me siento preparado para volver a la tierra. Yo aquí me siento muy bien, muy feliz ¿Por qué tengo que volver?

—Sonja y Salomón se casaron. 

—¡Nooo! No puede ser —dije dolido.

—Ellos tendrán un hijo. Y ese hijo vas a ser tu. Podrás estar con ellos. Es una encarnación de emergencia, no solemos hacer estas cosas, pero nos viene muy bien. A ver si como padre Salomón podrá amarte. Y tendrás a Sonja como madre amorosa.

—¿Y no podría tener otros padres?

—No, Jessé. Te conviene mejor este plan. Otra cosa importante es que morirás de niño. Nacerás con una lesión cardíaca severa a causa de tu herida de bala producida por Salomón, que tendrá que ver morir a su hijo, pero no sabrá por qué. Dios nos pone a prueba muchas veces, y nos proporciona dolorosas expiaciones durante nuestra vida terrestre. Como encarnados no vemos más allá y juzgamos que Dios es injusto y severo. Si pudiésemos ver todas nuestras vidas pasadas veríamos cuan misericordioso es con nosotros. Somos como sus hijos, hechos a su imagen y semejanza por el espíritu, y somos inmortales. Pero tenemos que ascender hasta Él y para eso, hemos de ser puros de corazón. Sufrimos miserias como método educativo, pues así sabemos como es el dolor en carne propia y sabemos cuando hacemos daño a los demás por el propio daño que nos es infligido. Cuando nos cansemos de estas dolorosas lecciones avanzaremos más rápido obedeciendo la Ley de Amor. Hemos de cultivar el amor. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo”. Estas palabras las dijo el Maestro Jesús, aunque es probable que tu no las conozcas. También dijo: “quien mata por la espada perece por la espada”. Con esto nos está hablando de la Ley de Reencarnación. Sin embargo, la misericordia de Dios no tiene límites y a Salomón le será arrebatado un hijo para contribuir a su aprendizaje. Un hijo que fue su hermano, asesinado por su mano. Creo que ya estoy divagando, no me lo tengas en cuenta. Será la edad... —dijo guiñando un ojo.

—Señor Joaquín, no se lo que decir a esto.

—Piénsalo. No me digas nada ahora. Medítalo y fortalécete en la fe en Dios.

—Si contribuye al bien de Salomón… supongo que debería aceptar.

Salí al exterior, pensativo. Recorrí los jardines y los parques apreciando las flores. Aproveché para disfrutar de un concierto de piano en el auditorio al aire libre. Tuve algunos días para pensar sobre el tema. Finalmente, decidí aceptar. Sería un hijo cariñoso para mi hermano y nos reconciliaríamos. Pero, ¿y si Salomón no me acepta? ¿Y si me repudia como hijo?

Acepté ese plan reencarnatorio y, entonces, fui llamado un buen día. Íbamos a realizar un viaje para hablar con los espíritus de Salomón y Sonja para que me aceptaran como hijo. Viajamos a la tierra dos mentores y yo. 

Los dos cuerpos estaban acostados en la cama, Sonja y Salomón. Dormían profundamente mientras sus espíritus permanecían despiertos. Salomón, al verme, se horrorizó y salió corriendo de la habitación. Con Sonja fue más sencillo. Ella aceptó ser mi madre enseguida. Salomón tuvo necesidad de más tiempo. Realizamos más de diez viajes a la tierra para convencer a Salomón de ser mi padre. Por intermedio de los ruegos de Sonja, accedió. Se le veía muy enamorado de su esposa y se sentía feliz. Además. Trabajaba junto a mi padre y estudiaba las escrituras junto a él. Había ocupado mi lugar, pero ya no me importaba. En la colonia me sentía tan bien… y  me quedaba tan poco tiempo…

Un día se acercó José, uno de los samaritanos y me dijo: 

—Jessé, en el departamento de reencarnación te llaman. Supongo que ha llegado tu hora.

—Oh, si. Estoy triste José. Muchas dudas y temores me asaltan en este momento.

—Ánimo, amigo mio. Esta es una oportunidad santa para progresar en la tierra, aunque nos dé miedo. No estarás solo. Sabes que tendrás colaboración por parte del personal de esta colonia. Te será asignado un ángel guardián, como lo llaman en la tierra, que es un espíritu protector.

—Háblame del ángel guardián ese.

—Los cristianos lo llaman ángel de la guarda. Es un espíritu, superior a nuestra capacidad, procedente de una colonia superior a esta, que será designado a acompañarte a lo largo de tu vida. Tiene como misión, protegerte y ayudarte a realizar el plan reencarnatorio que te fue asignado.

—¿Todos los encarnados tienen uno? Es que yo no recuerdo ver un ángel en mi existencia anterior—dije torpemente.

—Claro que no se ve, Jessé —rio francamente José—. Pero siempre está con nosotros. Nos aconseja mediante nuestras intuiciones y nuestros pensamientos. Esos pensamientos que pensamos tan nuestros y, sin embargo, muchos de esos pensamientos son inducidos por espíritus. Eso, si estamos en sintonía con él, pues, espíritus inferiores también pueden interceptar nuestras ondas cerebrales. Mediante la oración es que te pones en contacto con él.

—¿Los criminales también tienen ángel de la guarda?

—Claro que si. 

—¿Y entonces por qué delinquen?

—Porque no le escuchan o no le hacen caso. ¿Cuantas veces obstaculizamos la voz de la conciencia porque nos dice lo que no queremos escuchar? Ahora tienes que ir al departamento de reencarnación. Te están esperando —y diciendo esto me dio un abrazo. Yo le correspondí con otro y me despedí.

Me dirigí al departamento. Me estaban esperando en la puerta muchísima gente que venía a despedirse de mi. Pacientes y amigos se reunieron para verme por última vez. Lloraban y gemían como si estuviesen en un entierro. Nos abrazamos, nos besamos y finalmente entré con los hermanos  Román y Antonio a una sala. Nos presentamos, porque no los conocía. Después llegó otro, el hermano Said. 

—Encantado de conocerlo, señor Said —dije estrechándole la mano.

—Said a secas, por favor. Jessé, hoy es tu gran día. Hoy mueres aquí para nacer en la tierra. Ambos procesos, nacimiento y muerte, son cambios de estado. Es como si pones a hervir el agua y se convierte en vapor. En el aire que se respira en la tierra hay vapor, sin embargo nadie lo ve, pero sabe que existe. Nosotros somos como el vapor, pero tu ahora vas a cambiar tu estado a estado sólido —dijo, y agregó—. Tranquilo, este proceso es indoloro.

Montamos los cuatro en un aerobús y nos dirigimos a la tierra. En poco tiempo nos hallábamos en la casa de Salomón. Ellos estaban haciendo el amor en su habitación y sus energías eran sublimes. Por respeto, esperamos a que terminaran sentados en un sofá del salón. En la puerta estaban los espíritus protectores de ambos vigilando para que no entrara ningún espíritu inferior. 

—Ha llegado la hora —dijo Said—. Comenzaremos con la maniobra de miniaturización del periespíritu, que lleva algún tiempo.

—Pero yo quiero saber lo que pasa —alegué.

—Cuando tus futuros padres terminen, Antonio guiará al espermatozoide más apropiado para tu proyecto reencarnatorio hacia el óvulo de tu madre. Cuando ese espermatozoide magnetizado entre en el óvulo, tu ya estarás, miniaturizado e inconsciente, ligado a ese zigoto.

—¿Cómo voy a quedar ligado?

—Por un lazo espiritual, un lazo energético. Estarás los nueve meses inconsciente, borrando la memoria anterior, para cuando nazcas no recuerdes nada. A medida que la infancia avanza el espíritu se irá despertando, hasta los 16 años, que es cuando el espíritu recupera el libre albedrío completo. Sin embargo, tu  no llegarás a esa edad. No te preocupes, te recogeremos y te llevaremos a la colonia donde podrás volver a recordar todo.

—Ah, pensé que me iba a olvidar de todo para siempre.

—Vamos —dijo Antonio—. Ya acabaron.

Después de los saludos pertinentes, entramos. Salomón y Sonja dormían. Yo también iba a dormir.

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Mi nacimiento fue muy bien y mis padres estaban felices de tenerme. Salomón era un buen padre para mi, aunque al principio le dijo a Sonja que me abortara. (Lo perdoné. Qué le vamos a hacer. Es Salomón). Sin embargo, cuando nací le brillaban los ojos cuando me miraba y me cogía en sus fuertes brazos, me acunaba. Cuantas veces tuvo que levantarse por la noche para prepararme un biberón y así aliviar a Sonja con mi crianza. Un día, se dieron cuenta de que algo me pasaba. Salomón me llevó al hospital y recibió la noticia de que yo tenía una cardiopatía  muy severa. Dejándose llevar por la rebeldía maldijo a Dios y maldijo a todo el mundo. Estaba desolado. Era su primogénito y estaba gravemente enfermo. Me cogió en sus brazos y lloró amargamente mientras pensaba en cómo darle la noticia a Sonja. Me quedé ingresado en cuidados intensivos neonatales en el hospital. No sería la única vez. Cuántos disgustos les di a mis padres, sobre todo a Salomón. 

Me enseñó a andar en bicicleta con todo cuidado. Era un niño frágil. Mamá Sonja estaba embarazada de nuevo. Salomón no se despegaba de mi, como un ángel guardián vigilaba todos mis movimientos. Aunque creo que me sobreprotegió un poco.

No voy a alargar mucho más esta historia. A causa de mi cardiopatía llegó el día en que mi fatigado corazón dejó de latir. Tenía seis años. Dejé unos padres desolados (ya os podéis imaginar) y dos hermanitas pequeñas.

Cuándo desperté me encontré en un lugar que no era la colonia. Era una guardería. Allí los niños que desencarnábamos pasábamos un tiempo hasta que nuestro espíritu, mejor dicho, el periespíritu,  tomara la forma de adulto. Nobles y generosas espíritus femeninas nos cuidaban con amor.

Cuando pude, por fin, llegar a la colonia me recibieron con los brazos abiertos, abrazos y besos. Pero esta vez lloraban de alegría. Había vuelto a la vida eterna.



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