Bajo un cielo que presagiaba desafíos, Markus la observó de lejos con desconfianza, pero, al mismo tiempo, con una extraña curiosidad. Nunca había visto una sacerdotisa de la antigua religión y no podía creer que aquella mujer combatiría a las fuerzas del mal tan escasamente vestida. ¿Qué podría hacer ella, representante de una religión falsa, para defender al mundo del horror del abismo?
Tea miró hacia aquel hombre huraño, un extraño monje de una religión caduca con una cruz dorada pintada sobre su armadura. Lucía el pelo largo de un lado y corto del otro. ¿A eso se dedican a los monasterios de medio pelo? Pero la mirada de ese hombre era profunda y ardiente como las llamas del infierno. Ella sentía que esos oscuros ojos la taladraban por dentro.
Estaban solos. Markus carraspeó y Tea miró hacia el otro lado. Él se acercó tímidamente.
―¿Es así como pretendes combatir a las fuerzas del mal? ―dijo él mirándola de arriba a abajo.
―¿Qué quieres decir? Las fuerzas del amor no requieren de armadura ―dijo ella.
―Es mejor que vayas a casa y te vistas como una mujer decente.
―¿Acaso la ropa hace la decencia? No he hecho nada malo en mi vida.
Markus se alejó un poco de ella y la miraba con desconfianza.
―¿Por qué necesitas una armadura? ¿Acaso no puedes combatir al maligno sin ella? ¿Eres como aquel torero que ve al toro desde la barrera?
―Todo el mundo sabe que para ir al campo de batalla debe estar uno provisto de fuerte armadura y buena espada. No podrías aguantar ni un solo asalto de las tinieblas vestida de gasa y tul rosa.
―¿A qué tienes miedo, Markus? ¿A las armaduras o a los vestidos de tul rosa?
Markus se alejó un poco más.
―Tengo miedo al pecado. Eso es lo que temo: abrasarme en esa llama… ―dijo él con voz entrecortada.
Tea se acercó a él y su corazón se aceleró.
―Yo podría proporcionarte el agua para apagar tu sed ―susurró.
―¡Vade retro, satana!
―¿Por qué estás tan rígido? Deberías relajarte y dejarte llevar al gozo y al amor. Por el amor es que la vida existe.
Tea tomó a Markus del brazo y él hizo vanos intentos de soltarse. La armadura comenzaba a pesarle como si varias piedras colgaran de ella, pero no quería quitársela. Se sentó sobre una roca al lado del río.
―No podrás atravesar el río con esa armadura tan pesada. Recuerda lo que le ha pasado a Federico Barbarroja.
―Yo no pienso ahogarme…
Tea rodeó su cuello con los brazos y le rozó la piel con sus dedos. A Markus la armadura le pesaba cada vez mucho más. La gasa y el tul le rozaron las palmas de las manos y sintió que el fuego le abrasaba la piel.
―Aparta, mujer… ―dijo él sin convicción.
Ella intentó quitarle la armadura. Él se resistía vagamente hasta que por fin la depositó sobre la hierba. Los ojos de él brillaron y su pupila se dilató. Los ojos de ella se cerraron. El agua del río les lamía las puntas de los pies. La hierba se plegó sobre sí misma bajo el peso de ambos y Tea rozó la espada con la punta de sus dedos.
Markus sintió frio y calor al mismo tiempo recorriendo su espina dorsal. El río creció y temía ahogarse en él, pues no sabía nadar en sus rugientes aguas. Sus mejillas se encendieron como granadas y un perfume floral impregnó su nariz… Le costaba respirar.
―Llegó el momento del combate ―dijo ella.
Markus no la escuchó. Se encontraba en un mundo paralelo de poesía y una diabólica sumisión. Cerró los ojos y planchó su espalda sobre la hierba, ahora si que se encontraba relajado como nunca lo había estado. Ante su vista se presentó Eva con el fruto prohibido en la mano: come, Adán. Y Adán comió y se relamió el dulce néctar que le goteaba de los labios. Todavía con el fruto prohibido en la mano sintió ríos de leche y miel que se agolpaban en su interior pujando por fluir, su pecho a punto de estallar. Las compuertas del cielo se abrieron, el agua llenó el campo y lo regó tras la siembra a la espera de una nueva cosecha mientras Markus comía del fruto prohibido hasta hartarse. Una luz potente estalló en el cielo y los ojos azules de Tea se le presentaron ante la aureola celeste. La somnolencia hizo presa de él y, ya más sosegado, recordó: una sacerdotisa de la antigua religión, una pecadora… Orad y vigilad para no caer en tentación. Abrió los ojos y se sobresaltó al ver a Tea al lado de su espada sin su vestido de gasa y tul rosa acostada a su lado.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Markus.
―¿Y tú lo preguntas? ―dijo Tea con una sonrisa.
―Vístete ―dijo Markus mirando hacia el lado opuesto.
―¿Ahora quieres que me vista? ―dijo ella, riendo.
Markus se levantó y se encasquetó de nuevo la armadura, colgó la espada al cinto. Tea le acarició la cara. Él la alejó de sí de un manotazo, sus ojos negros brillaban con las lágrimas de la humillación. Ni había orado, ni había vigilado… y había caído en la tentación.

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