Declaración del acusado:
Juro por Allah, glorificado sea, que he visto a Mariam, la madre de Isa, parir bajo la palmera. Y doy este testimonio para que todo el mundo sepa que todo lo que aconteció fue real.
Salí de mi casa, a pesar del calor agotador que hace en Dammam, y me encaminé hacia la huerta de palmeras que tengo en el desierto de las afueras, en Saihat. Allí tengo una granja, bueno, lo que mi tribu llama granja: una cabaña rodeada de palmeras.
El buen rey Khalid As-Saud me concedió un dinero para abrirla a las afueras de Dammam. Con ese dinero planté doce hectáreas de palmeras datileras que dan buen fruto, glorificado y exaltado sea Allah. Viví cierto tiempo en la ciudad militar King Khalid y fui militar de alto rango... pero eso no viene al caso.
El caso es que me hizo falta regar las palmeras y para ello abrí un pozo enorme, que da agua para abastecer a toda Arabia Saudí. Aquí nunca falta agua, sobretodo después de ver a Mariam, las bendiciones de Allah y la paz sean con ella y su descendencia. Allí, a la boca del pozo vi a Mariam, la paz y las bendiciones sean con ella, todavía embarazada. Me arrodillé ante ella y le pedí por la hacienda, a modo de los cristianos, porque ellos creen y la veneran mucho, aunque ya sé que aquí eso es haram.
Las palmeras crecieron en salud y alegría, y el pozo no paraba de dar agua. En la temporada de los dátiles, mis hijos y yo trepábamos por los curvados tallos de las palmeras mientras las mujeres se quedaban abajo para recogerlos. Mucho dinero hice yo, glorificado y exaltado sea Allah. Tanto, a saber, que he mandado construir una mansión en Dammam y otra en Bahréin, nada más cruzar el puente. Fíjese que la Región del Norte es toda mía, donde mandé construir un montón de apartamentos y resorts para los turistas. Con el tiempo, mandé construir grandes rascacielos, con la intención de llegar, precisamente, al cielo y crié caballos, muchos caballos de raza pura árabe.
El mismísimo emir de Bahréin me compró muchos de mis caballos. Decía que eran los mejores de todo el reino, del próspero reino de Arabia Saudí.
Con el dinero de los caballos pude comprarme más parcelas para plantar palmeras datileras hasta que sembré medio país con ellas. De hecho, todos los oasis de Arabia Saudí, jardines y demás, fueron hechos con palmeras de las mías, pura raza, dan mucho fruto (por si alguien quiere comprar). A las puertas de mi casa llegaban reyes, emires y sultanes para comprar caballos y palmeras.
Crucé caballos con bestias, con la finalidad de hacer cabalgaduras misteriosas, como la que llevó al profeta Muhammad, las bendiciones y la paz sean con él, hasta la Cúpula de la Roca y la mezquita Al-Aqsa en una sola noche. He conseguido un ejemplar excepcional, el cual podía cabalgar tan rápido como para llegar de Dammam a Yedda en tan solo dos días, desafiando las arenas del desierto (por si alguien quiere comprar). Y los reyes de todo el mundo comenzaron a aparecer en la puerta de mi casa. Esa sí que es vida.
Podría dedicarme a bitcoin, vender cursos de trading y cosas de este estilo. Tengo dos carreras en economía y un máster. Supongo que se me dará bien, pero el negocio de los caballos y las palmeras dan mayor capital, además de grandes influencias, y todo eso gracias a Allah, exaltado y bendito sea.
Sin embargo, una noche escuché ruidos en el palmeral, al lado de la cabaña, así que cogí mi escopeta, se que lo de las armas es un asunto serio en Arabia Saudí, así que mi arma era totalmente legal. Es una escopeta muy bonita, con un grabado de un águila en un costado. Creo que ya era de mi padre, o quizás la conseguí mientras vivía en la ciudad militar de King Khalid.
Salí de la casa procurando no hacer ruido, todo el mundo sabe que los ladrones tienen el oído muy fino. Al fondo vi una especie de luz que iluminaba todo el palmeral, supuse que serían sus antorchas. Además estaban asistidos de drones que iluminaban la escena desde arriba. Me quedé asombrado con la tecnología que se gastaban. Agudicé la vista para ver si los ladrones subían por las palmeras, inclinadas, sin embargo, lo que vi me dejó frito, señor.
Debajo de una palmera había una señora, muy gorda y muy iluminada. Parecía Mariam, la madre de Isa, las bendiciones y la paz sean con ella. Se agachó bajo la palmera como si fuera a orinar. Estaba en dudas, pues Mariam solo parió una vez y después de tantos años ... Coloqué la escopeta sobre mi hombro y disparé. Pam, pam. Solo podía ser una farsante, mira que hacerse pasar por Mariam ...
Sin embargo, a pesar de haber disparado, la mujer dirigió su vista hacia mi y con pudor se tapó sus partes. Yo también cerré los ojos, se que es haram ver esas cosas. Cuando los volví a abrir tenía un niño sonriente en sus brazos, pero ella estaba muy triste. Se dirigió a mi con el niño en su regazo y la reconocí. ¡Era ella, era Mariam! Caí de rodillas al suelo en actitud de súplica, y ella me dijo: te bendecí con el agua del pozo, pero nunca pensé que llegarías a intentar matarme. Sabes que no moriré nunca, pues ya soy residente en el cielo. Además, has tenido el coraje de verme las partes de mujer mientras paría, así que solo por eso te maldeciré. Perderás todo lo que has ganado y la policía te atrapará y te hará declarar en un juzgado por todo lo que has visto y oído. Cuando ese momento llegue, tienes que decir que me has visto a mi, parir bajo tus palmeras. Acepta tu destino.
Solo ahora he podido comprender lo que ella quería decir. Y por eso estoy ahora testificando y dando fe de que he visto parir a Mariam, las bendiciones y la paz sean sobre ella, y a su hijo, el profeta Isa, las bendiciones y la paz sean con él, en sus brazos que también habló y me maldijo.
Firmado: Abdul Hassan Al-Marcazí

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