La parpadeante luz anaranjada de una lámpara antigua brillaba sobre un tapete verde de terciopelo en una esquina de una mesa de cedro. André terminó de escribir la carta, dobló el papel en cuatro, lentamente, y lo metió en un sobre con el membrete del hotel Ritz. “Para mi editor”, escribió con caligrafía cuidada antes de cerrar la pluma. Levantó la vista para ver el reloj en la pared: medianoche. Con un suspiro se levantó, con fatiga, de la silla del escritorio, apagó la lámpara tirando del cordel y se encaminó al perchero para tomar su abrigo. Después de haberse calzado la gorra, salió a la calle con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
Hacía frío, el vaho salía de su boca a cada respiración sibilante. Las calles olían a la madera quemada de las chimeneas. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó, sin prisa, hacia Pont des Arts. Sus pasos resonaban en las pétreas y solitarias calles de París, los gatos, que merodeaban alrededor de los contenedores de basura, se escondían de él.
—¡Alto!
Sorprendido, pegó un salto y se dio la vuelta. Frente a él había un hombre de rostro curtido y barba de unos días.
―Las manos en alto, viejo.
André levantó las manos, pero las bajó enseguida. Le dolían los hombros de la artrosis y, además, se sentía ridículo.
—Viejo, te he dicho que las manos en alto.
Notó el cañón de la pistola sobre su pecho mientras el hombre hurgaba en sus bolsillos.
―¿Qué más da? Ya no tengo nada ―soltó.
―¿Acaso no temes por tu vida? ¡Mire que te mato, eh! ¡Te mato!
El ladrón y André cruzaron una mirada y el cañón de la pistola comenzó a temblar.
—Máteme, si es un hombre ―dijo André, encogiéndose de hombros―. Para lo que me queda…
El ladrón bajó la pistola hacia el suelo. André tosió con fatiga y la respiración sibilante regresó a su pecho.
―Soy ladrón, no asesino. Y menos voy a matar yo un anciano…
—Le he dicho que no llevo nada encima, salvo… —André se llevó las manos al bolsillo y sacó la llave de su habitación en el Ritz —, esto.
—Mierda ―dijo el ladrón mientras escupía en el suelo―. Otra noche que no pesco nada.
Sin embargo, arrebató la tarjeta de la mano de André, y la observó: RITZ E404.
—Así que el viejo se da a los lujos, ¿eh?
André se encogió de hombros y comenzó a andar en dirección al Sena.
―Ya no tengo nada qué perder ―replicó―. Por cierto, he de pedirle un pequeño favor. Entregue el sobre que hay sobre el escritorio al conserje. Después, haga lo que le pete.
―Espera un momento, viejo. ¿Te estás quedando conmigo?
―Tómelo como quiera.
El ladrón levantó de nuevo la pistola y volvió a encañonar a André mientras se alejaba. Miraba por la pequeña mirilla y apuntó hacia la gorra que ocultaba la blanca cabeza del anciano, pero volvió a bajar el arma. Lo siguió durante un rato, con curiosidad.
André llegó a Pont des Arts, caminó unos pocos metros puente adentro, se agachó y acarició un pequeño candado dorado, desgastado y carcomido por el tiempo. Después de unos segundos, oteó hacia las oscuras aguas del río e intentó subirse a la barandilla alzando la pierna para apoyar el pie entre una multitud de candados.
―¡Eh, viejo! ¿Pero…, qué haces? ―dijo el ladrón, corriendo hacia él.
―¿Todavía sigue usted ahí? ―replicó André―. No le importa lo que yo haga.
El ladrón agarró a André por el brazo.
―Por favor, no lo hagas. ¿Te has vuelto loco?
André no respondió y volvió a meter las manos en los bolsillos del abrigo.
―¡Suélteme!
―De eso nada. Tú te vienes conmigo.
El ladrón tiró del brazo de André hacia sí. Las oscuras aguas del sena reflejaban a luz mortecina de las farolas.
―¡Que me suelte! A usted no le va ni le viene.
El ladrón meneó la cabeza. André volvió a toser.
―No puedo permitir que te mates delante mía.
―Eso tiene fácil solución. Váyase.
―¿Qué va a pensar tu familia, tus amigos…? Piensa en tus hijos, en tus nietos…
André se encogió de hombros y enjugo una lágrima.
―Nadie va a pensar nada. Ahora, déjeme en paz.
―Ya veo…
El ladrón se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio. André regresó sus ojos a las oscuras y silenciosas aguas del río. De pronto, el ladrón se dio la vuelta.
―Tengo una idea. No puedo dejarte aquí, así.
André apoyó los brazos en la barandilla del puente sin despegar los ojos del río.
―Te vienes conmigo esta noche —soltó el ladrón.
―No me joda. No tengo ganas de historias.
Un rayo de esperanza brilló en los ojos de André, pero, huraño, apartó la mirada del ladrón y buscó de nuevo las aguas del Sena.
―No se ría usted de mi. Yo solamente represento una carga para cualquiera. A mi edad…
―Eso no es verdad. En mi país a los viejos se los respeta, eh. Mis padres están muy lejos, mis hijos crecen sin la figura de un abuelo que le cuente historias y cuentos de esos…
―Para cuentos, los de usted. ¿Cómo me voy a fiar de un ladrón?
―Vente a mi casa. Mi esposa estará encantada de poner un plato más en la mesa, pero, por favor, no te tires ahí —dijo el ladrón señalando el río.
—Le repito que solo soy un… —La tos lo volvió a interrumpir y se llevó una mano al pecho.
—Nada, nada —dijo el ladrón tirándole de la manga—. Tú te vienes conmigo hoy. Y mañana…, ya veremos.
André se encogió de hombros, dejando que la corriente del río se llevara sus dudas. Alejarse de todo lo conocido lo llenaba de una extraña sensación de esperanza y unas ganas de aventura desconocidas. Quizás, lejos de la rutina, su mente volviera a fluir con la misma creatividad que antes.

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