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Tras estabilizar el avión el comandante puso el piloto automático y se levantó un rato para estirar las piernas. Las turbulencias al entrar en aquella nube lo pusieron un poco nervioso. Dijo al piloto que saldría un rato de la cabina y accionó la palanca de la puerta estanca. Sin embargo, no pudo abrirla. Lo intentó por segunda vez sin éxito. Cogió el interfono y se puso en contacto con la sobrecargo para intentar abrir la puerta desde fuera. Una azafata que estaba disponible se acercó a la puerta para intentar abrirla.
Todos estaban un poco nerviosos y los pasajeros notaron el ambiente tenso. Alguno se levantó de su asiento y se acercó a la azafata para preguntar si todo iba bien.
Todo parecía ir bien. Aquel Airbus 330 volaba a doce mil metros de altitud a cerca de 800 kilómetros por hora. Después de las turbulencias todo parecía estable y los pasajeros se habían relajado.
—Señor comandante, me estoy poniendo nervioso. ¿Qué sucede con la puerta? —preguntó el piloto. Era su primer contrato en la compañía y uno de los primeros vuelos que efectuaba. A sus veintisiete años todavía se miraba como un inexperto a los mandos del avión. El comandante era un hombre maduro y curtido en el vuelo de este tipo de aviones. Eso le aportaba confianza, pero al verlo nervioso él se puso a cien.
—Tranquilo chaval, esta chatarra tendrá alguna avería en el sistema neumático de cierre. El vuelo es seguro, pero me temo que no podremos salir de la cabina hasta que nos saquen en el aeropuerto —dijo el comandante resignado.
—¿Y si alguno quiere ir al baño?
—Tendrás que aguantarte hasta llegar al destino, sino quieres hacerlo todo por ti. Eso ya es cosa tuya, pero no quiero malos olores en esta cabina. Era lo que nos faltaba —dijo sentándose en su asiento—. Toca mirar pantalla.
—Todavía faltan unas dos horas para llegar —protestó el piloto.
—¿Y no eres capaz de aguantarte dos horas? ¿Necesitas pañal, joven? —dijo el comandante. Luego prosiguió en otro tono—. Esto es una mierda. Ya estoy un poco harto de esta compañía. Pero bueno, no voy a desmoralizarte. Todavía eres un pibe, lleno de vitalidad, sueños y todas esas mamarrachadas.
—Señor, me está preocupando.
—Pues no te preocupes tanto. Bah, es lo que tiene ser viejo. Ya estoy aburrido de todo.
—Parece un poco deprimido. No se preocupe.
—Bah —suspiró el comandante sacándose la corbata—. Hay que ahorrar energía, ya no se puede poner el aire acondicionado a tope como antes.
—¿Pero que está diciendo? Ya se le está yendo la cabeza.
—Pues si, ¿y a quién no? Después de una vida fracasada como la mía… Veinte años de matrimonio, ¡veinte! Con una arpía, mala madre… me hizo la vida imposible, ¿sabes? Y los niños ya no me quieren ni ver.
—Pero usted es un hombre de éxito profesional, ha llegado a dónde está —le dijo el piloto para tranquilizarlo.
—… Solo el alcohol puede apagar esa sed… solamente soy un vulgar comandante de vuelos comerciales, tampoco soy el presidente del gobierno. No exageres… ¿Tienes hijos? ¿Estás casado, mozalbete?
—Si… estoy casado con la mujer más guapa y más buena del mundo. Todavía no tenemos hijos, pero tenemos ganas de ir a por el primero —dijo alegre el piloto.
—No los tengas, hazme caso. Las mujeres luego los utilizan para joderte.
—Bueno, yo no pienso igual…
—¡Que sí, joder! Sin embargo, esta profesión te da mucho poder. Mira cuantas vidas tienes sobre tus hombros en este vuelo. Puedes hacer con todas ellas lo que quieras. Toda esta gente depende de ti.
—¿Qué está queriendo decir, comandante? —preguntó el piloto un poco alarmado.
—Lo que tu crees. Si lo quisieras podrías estrellar este avión sobre una montaña cualquiera, o puedes hundirlo en el mar.
—Mejor no, mejor no. Además, ¿quién sería capaz de hacer eso?—preguntó el piloto alarmado.
—Ah, ¿no me crees capaz de hacerlo?—contestó el viejo comandante riendo.
—Señor comandante, usted es un hombre serio… Pero, ¡¿qué hace?!
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—No lo sé señor agente, el comandante del vuelo parece que se volvió loco —contestó el piloto del avión siniestrado con una manta sobre los hombros y un te caliente en una mano. Todavía tiritaba: de frío y de miedo.
El avión estaba en el fondo del mar cercano a una playa. Los rescatistas estaban sacando los cadáveres de su interior. Otros supervivientes que pudieron salir a tiempo también fueran rescatados y estaban siendo tratados por las autoridades.
—¿Cómo es que está usted vivo si la puerta de la cabina estaba trancada? —preguntó el otro agente.
—Finalmente pude abrirla y tirarme en paracaídas.
—Y el comandante… ¿dónde está?¿Qué ha pasado en esa cabina? —interrogó el primero.
El piloto se encogió de hombros y no dijo nada más. Dejó la mirada perdida sobre el horizonte. Se sintió muy afortunado por poder seguir vivo. Anochecía.

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