Desmontó de su caballo cerca a un puente de madera. Ató su caballo a un árbol y se bajó la capucha. No la seguirían hasta allí. Se sintió protegida bajo el firmamento de una noche estrellada y fría. Comenzó a juntar leña para encender un fuego con el que calentarse, aunque temía que los soldados diesen con ella. Se sentó junto al río.
Todo había comenzado mal. Era el día de su boda con Joaquím, el hombre que sus padres habían elegido para ella. Ni lo conocía y nunca lo había visto. No quería casarse con un desconocido, sin embargo, era la costumbre. Había sido educada para eso desde muy pequeña. No había otra opción, la niña tenía que casarse temprano, con un desconocido elegido por sus padres y, además tener muchos hijos. Era la única función que la mujer tenía: criar hijos y cuidar de su esposo, tenerle la comida en la mesa, la ropa limpia y la cama caliente. No había otras aspiraciones. El destino de la mujer era el único fijado por el destino. Los hombres tenían más opciones, tanto laborales como personales, pues incluso podían ir de putas, pero las mujeres nunca podrían jamás manchar su honor, y con el suyo, el honor de su marido y su familia. No quería eso para su vida. Quería explorar mundo, quería expandir su existencia a algo más. Rebelde y llena de aspiraciones, joven y llena de energía.
Vestida de blanco frente al altar vio llegar un hombre de unos cuarenta años, más o menos, ni siquiera sabía la edad de su futuro marido. Tampoco le importaba, no quería casarse con nadie a sus diez y seis años. Junto al altar intercambiaron los anillos, las arras y quedaron unidos hasta que la muerte los separara. Lágrimas en los ojos, esperanzas frustradas. Matrimonio de alianza, matrimonio de dinero, matrimonio para unir ambos reinos, matrimonio sin amor, roto desde sus mismas entrañas. Boda grandiosa, miles de invitados, risas y bailes en el gran salón del palacio. Todo el mundo estaba feliz, el novio brindaba con la gente de sociedad todas las miradas estaban puestas en ellos. Ella estaba sentada en su silla, miraba el salón lleno de gente feliz y, sin embargo, ella se sentía vacía, triste, rota.
Al terminar las celebraciones, ella y su marido se fueron a la cámara nupcial, adornada con pétalos de rosas, aromatizada con inciensos provenientes de las Indias Orientales. Se quedó mirando para su marido largo rato mientras éste le decía que se quitara la ropa. ¡Oh, Dios! Y ahora aquello... Por nada quería acostarse con ese hombre. Él insistió y ante la negativa de ella se puso furioso. Él ya se la había quitado y la agarró por un brazo, la tiró encima de la cama y comenzó a quitarle el vestido de boda. Sintió el alma romperse en mil pedazos. El se acostó encima de ella, le abrió violentamente las piernas y comenzó a penetrarla. Los últimos resquicios del alma volaron al más allá, llorando, sintiéndose sucia, asquerosa con ese hombre encima de ella. Sintió un dolor agudo cuando él la penetró por primera vez, quiso gritar e intentó apartarlo de encima. Él todavía se puso más brusco y la penetraba con fuerza hasta que sintió su orgasmo, eyaculó y se apartó de ella. Ella ni siquiera cambió su posición, se quedó tal cual aquel hombre la dejó. Lloró en silencio, lloró amargamente como nunca antes había llorado. Tristes pensamientos acudieron a su mente. Se levantó, cogió la palangana y la jarra del agua y se lavo, se lavó... como si la suciedad quedara fijada en su piel, en su alma. Sintió que su vida ya no valía nada. Frotaba con fuerza su piel, con fuerza, por los lugares donde él la había tocado, por donde la había besado, el sexo manchado se sangre y semen. Se lavó mientras el dormía. Cuando termino, se acercó a la cama y lo observó detenidamente. Alto, moreno, atlético, con una barba rala, todo un príncipe, si, pero no lo amaba. Buscó por la habitación y cogió una silla, la levantó a cierta altura y la bajó con fuerza sobre su cabeza. Él se despertó sobresaltado, agarró la silla por una de sus patas y la lanzó lejos. Furioso, la cogió por un brazo y le cruzó la cara con la mano abierta. La mujer tiene que ser sumisa, tiene que estar siempre por debajo del hombre. No estaba dispuesta a ello. Forcejearon y se gritaron improperios diversos.
—¿Qué crees que estás haciendo?¿Qué pretendías con esa silla? Te voy a enseñar cómo debe comportarse una mujer con su marido. Esto es el colmo.
Ella no contestó y se frotó la cara. Se le había levantado un agudo dolor de cabeza y se sentó en la cama. Él la acostó en la cama y de nuevo quiso penetrarla. No, otra vez no. Levantó sus brazos y se cerraron sobre el cuello de él apretándole la garganta. Joaquím hizo lo mismo con ella. Los dos estaban intentando asfixiar a su contrincante, pero él llevaba las de ganar. Ella cogió una presilla que llevaba todavía en el pelo y le pinchó uno de sus ojos. Él se agarraba la cara aullando como un lobo. Ella aprovechó ese momento para escapar. Al pasar cerca de la cómoda vio un jarrón con flores. Cogió el jarrón, le sacó las flores y se acercó a él por detrás. ¡Bum! El hombre cayó inconsciente en el suelo, sangrando por su ojo y por la parte posterior de la cabeza. Rápidamente, se vistió con lo primero que tenía y se puso una capa oscura. Salió corriendo de la habitación, llegó a los establos y cogió su caballo. Además, cogió una espada, se la ató a la cintura con la correa y vaina de cuero, montó a Sultán y se alejó al galope. Al pasar por la puerta se hizo pasar por un habitante de la ciudadela y salió.
¿A dónde iba? ¿Cómo sobreviviría en un mundo hostil? No lo sabía, solamente quería alejarse lo máximo posible del castillo. Las lágrimas se le congelaban en el rostro aquella fría noche de invierno. Quería ser libre de amar a alguien y casarse por amor. Sabía que muchos de los campesinos, sus hijas se casaban con el hombre amado, ¿por qué no ella? Galopó toda la noche y casi revienta a su amado Sultán. Se refugió en una posada al día siguiente y pidió algo para comer. Allí se enteró que la guardia real había salido a buscarla. Habían descubierto a Joaquím en el suelo, ciego de un ojo y aturdido. No había muerto, como ella esperaba, y la reclamaba para darle un merecido castigo por su osadía de golpearlo. Un odiado marido. No había marcha atrás. Salió de la posada tan pronto como lo supo.
Cabalgó durante días sin rumbo fijo hasta esa noche.
Sentía frío, mucho frío. Estaba cansada. Al final, se había decidido a hacer un fuego. Bajo el placentero calor del fuego y el calor que desprendía Sultán, reposó su cabeza sobre su vientre y se quedó dormida bajo aquel cielo estrellado.
De pronto se escucharon cascos de caballos cerca de donde estaba. Se despertó sobresaltada y desenvainó su espada. Frente a ella tenía a Ricardo, un miembro de la guardia real. Se acercó a ella. Ella lo vio con los ojos tristes. Bajó la mirada y guardó su espada.
—Emma —dijo él —. Sabes que te tengo que llevar de regreso.
—No quiero regresar, Ricardo. No con ese hombre —respondió.
—Yo tampoco quiero llevarte con ese hombre, pero es mi deber, y lo sabes.
—¿Por qué no me llevas contigo? —dijo Emma llorando—. ¿Por qué? Vayámonos lejos de aquí.
—Eres una princesa. Yo solo soy el hijo de unos campesinos que se destacó en el uso de la espada, nada más. No te merezco. Tu debes ser la esposa de un futuro rey, yo solo un soldado.
—Ricardo, ¿y qué hay de lo nuestro?
—Sabes que a partir de ahora se acabó todo. Tienes un esposo.
—¡No! Me niego a aceptarlo. ¿Recuerdas aquella noche en aquel lugar donde me llevaste? Fue la más feliz de mi vida, nada que ver con mi noche de bodas. ¿Recuerdas lo que me dijiste?
Ricardo bajó los ojos y se quedó largo rato callado. Lo recordaba perfectamente, sin embargo, sujeto a las convenciones sociales él no podría nunca casarse con una mujer como aquella. Tenía el consuelo de verla por el castillo, nada más. A partir de ahora aquella mujer pertenecía a otro hombre.
—¿Crees que me gusta verte con otro? ¿Crees que me es placentero saber que cada noche te acuestas con ese príncipe? No. Pero tengo que conformarme con lo que me toca.
—¿Por qué tienes que conformarte? Eres un hombre valiente, seguro, buen soldado. Podríamos irnos a algún lugar juntos y comenzar una nueva vida. Por ti soy capaz de ser una campesina.
—Pero qué dices. Mírate las manos. Esas manos no saben lo que es trabajar, y mucho menos en el campo. Tendrás mejor vida junto a tu esposo.
—¿Tu crees? Estará deseando matarme. Ya no hay marcha atrás, Ricardo. Es ahora cuando debes decidir si vienes conmigo o te vas.
En ese momento, llegaron los demás soldados. Emma echó a correr hacia el puente. Ellos iban tras ella en sus caballos. Parecían que iban a cazar a un jabalí. Ricardo gritaba tras ellos para que no le hicieran daño, pero no era escuchado.
Ella se subió al bordillo del puente de madera, en lo más alto, allí se detuvo. Los soldados desmontaron y fueron tras ella. Emma se lanzó al río.
Ricardo miraba la escena como si no creyera lo que veían sus ojos, echó a correr por el puente y se lanzó al río tras ella. Sin embargo, las caudalosas aguas se la habían tragado delante de su mirada. Nadó y se internó aún más en medio de las aguas para intentar rescatarla. La corriente era muy fuerte y en la cascada se perdió toda pista de ella. Temerario, Ricardo avanzó aún más hacia la cascada.
Los soldados vieron como Ricardo era tragado por las aguas.

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