Moncho se sentó, con desgana, frente al buscador de tesoros que lo había convocado de urgencia en aquel banco del parque. El buscador de tesoros aplastó el cigarrillo que tenía en la boca contra el reposabrazos y luego lo tiró al suelo.
—¿Y bien? ¿Ha encontrado algo? —dijo Moncho, impaciente.
El otro siguió un minuto más en silencio mirando al suelo. Moncho carraspeó.
—Si, en esa maldita cueva hay algo —dijo, sin despegar la mirada del suelo.
—¿Qué? ¿Qué hay? —dijo Moncho con nerviosismo.
El buscador de tesoros levantó la vista.
—No me lo creería. Lo siento, señor… No hace falta que me pague. Lo dejo.
—No comprendo. ¿Dice que ha encontrado algo y no quiere seguir? ¿Acaso quiere que le pague más? —insistió Moncho.
—¿No ha escuchado? No quiero que me pague porque he puesto el caso en las manos de las autoridades.
—¿Qué ha hecho qué? Es usted peor que un inútil. ¿Qué ha encontrado en esa puta caverna? —volvió a insistir Moncho.
—Le he dicho que no me creería. Huesos humanos.
—¿Huesos humanos? No me joda.
El hombre siguió en silencio un buen rato, sacó el paquete de tabaco del bolsillo y encendió un cigarro.
—Espero que no le moleste —dijo el buscador de tesoros con el cigarro en la boca.
—¿Huesos humanos? ¿Está seguro de que son humanos?
—Son humanos, si. Son los huesos de un niño. Lo puse en manos de las autoridades. Cuando miré la pequeña calavera lo tuve claro. Clarísimo. No hace falta que me pague… Lo dejo.
Moncho se quedó un rato en silencio.
—¿La policía hizo preguntas? —dijo Moncho.
—Claro que hizo preguntas —dijo el buscador de tesoros mirando a Moncho de frente—. Es su trabajo, hacer preguntas. Seguramente vendrá a hacerle preguntas a usted un día de estos. Aunque los huesos ya son muy antiguos…
—Yo no maté ningún niño —dijo Moncho.
—Ya sé que usted no ha sido. Le he dicho que los huesos son muy antiguos.
—Ah, ¿y cómo sabe usted eso? ¿Acaso se ha hecho el carbono catorce? —insistió Moncho.
—Sin duda. Los huesos datan de 1783. Más o menos…
—Imposible que la policía sospeche de mi —dijo Moncho, aliviado.
—Son los huesos de un príncipe o un infante.
—¿Cómo lo sabe? Quizás son los huesos de un pequeño bandido del siglo XVIII. ¿Qué hacen en esa caverna? —dijo Moncho.
—Ha sido asesinado. Alguien escondería su pequeño cuerpo allí. Su hermano… —dijo el buscador de tesoros con la mirada perdida.
Moncho se encogió de hombros.
—¿A quién le importa eso ahora? Yo solo quiero el oro. Según mi informante, en esa cueva hay un cofre.
El buscador de tesoros se quedó un rato en silencio pegándole caladas a su cigarrillo.
—No me va a creer, pero ese niño se me presentó delante como si fuera una nebulosa, algo irreal… Un espíritu en pena.
Moncho se rio con estrépito.
—Ya le he dicho que no me creería. Pero así fue, yo, un hombre duro, buscador de tesoros… delante de una frágil criatura de humo.
—Bueno, entonces… ¿Quién es ese niño? —dijo Moncho, divertido.
—Me ha dicho que se llama Francisco de Asís Alfonso de Borbón y no se que más… Tiene seis años… Está vestido con una blusa blanca con unos pequeños volantes en el cuello, a modo de pajarita. Un chaquetón que se le ciñe en la cintura y se abre hacia las rodillas, un pequeño calzón marrón y unas medias blancas. También lleva un sombrero como un tricornio. Los zapatos tienen un poco de tacón y tienen una gran hebilla en el empeine. Parece un pequeño Napoleón.
—Ya veo, ya.
—Reivindica ser enterrado en el Panteón Real y dice que los huesos son de él. Yo ya se lo he dicho a las autoridades.
—¿Y no dice nada más? ¿No dice si el oro es de él o no? —quiso saber Moncho.
—No habla de oro, solo lleva una moneda en su mano. Dice que el hermano mayor lo mató por celos con su padre. Que quiere ser enterrado en el Panteón Real.
—Que raro… ¿el hermano mayor? No tenía por qué matarlo —dijo Moncho, pensativo—. Tendría su trono asegurado. Tuvo que haber algo fuerte ahí…
El buscador de tesoros se encogió de hombros.
—El crío no dice nada más… Llora. Llora mucho y dice que le duele. Juega con la moneda de oro que lleva en la mano. Esa cueva está encantada.
—¿La policía acordonó la zona? —dijo Moncho.
—Tú lo has dicho. Ya no se puede ir allí. Y si allí hay oro, la policía se lo quedará y no dirá nada.
—Habrá que hablar con algún historiador… A ver si el pícaro en realidad es un bribón que quiere el oro solo para él y esparce huesos humanos para despistar… —dijo Moncho—. Además, lleva una moneda en la mano. Sabe donde está el oro.
—Era un espíritu. Solo un espíritu. No tiene solidez —dijo el buscador de tesoros meneando la cabeza.
—Eso cree usted, que era un espíritu. Pero yo creo que es un bribonazo que se quiere quedar con todo.
El buscador de tesoros apagó la colilla del cigarrillo en el reposabrazos y lo tiró al suelo, en silencio.
—Bueno… Ya no tengo más que hacer aquí —dijo el buscador de tesoros, levantándose—. No hace falta que me pague. Lo dejo.
—Pero yo quiero saber por qué mataron al chaval —dijo Moncho, con curiosidad.
El buscador de tesoros se encogió de hombros.
—El niño es bonito como un sol, pero no dice nada más que eso. Y llora. Llora mucho. Me da pena.
—Entonces… ¿he de esperar a la policía?
—Sin duda. Hasta luego —se despidió el buscador de tesoros—. Ya no tengo nada más que hacer aquí.
—Espere un momento. Le ofrezco del doble si va usted por la noche a buscar el oro antes de que lo haga la policía —dijo Moncho.
El buscador de tesoros se detuvo y miró hacia atrás.
—¿Y por qué no va usted si tanto le interesa?

No hay comentarios:
Publicar un comentario