jueves, 30 de enero de 2025

LA MALDICIÓN

 

Declaración del acusado:


Juro por Allah, glorificado sea, que he visto a Mariam, la madre de Isa, parir bajo la palmera. Y doy este testimonio para que todo el mundo sepa que todo lo que aconteció fue real.

Salí de mi casa, a pesar del calor agotador que hace en Dammam, y me encaminé hacia la huerta de palmeras que tengo en el desierto de las afueras, en Saihat. Allí tengo una granja, bueno, lo que mi tribu llama granja: una cabaña rodeada de palmeras.

El buen rey Khalid As-Saud me concedió un dinero para abrirla a las afueras de Dammam. Con ese dinero planté doce hectáreas de palmeras datileras que dan buen fruto, glorificado y exaltado sea Allah. Viví cierto tiempo en la ciudad militar King Khalid y fui militar de alto rango... pero eso no viene al caso.

El caso es que me hizo falta regar las palmeras y para ello abrí un pozo enorme, que da agua para abastecer a toda Arabia Saudí. Aquí nunca falta agua, sobretodo después de ver a Mariam, las bendiciones de Allah y la paz sean con ella y su descendencia. Allí, a la boca del pozo vi a Mariam, la paz y las bendiciones sean con ella, todavía embarazada. Me arrodillé ante ella y le pedí por la hacienda, a modo de los cristianos, porque ellos creen y la veneran mucho, aunque ya sé que aquí eso es haram.

Las palmeras crecieron en salud y alegría, y el pozo no paraba de dar agua. En la temporada de los dátiles, mis hijos y yo trepábamos por los curvados tallos de las palmeras mientras las mujeres se quedaban abajo para recogerlos. Mucho dinero hice yo, glorificado y exaltado sea Allah. Tanto, a saber, que he mandado construir una mansión en Dammam y otra en Bahréin, nada más cruzar el puente. Fíjese que la Región del Norte es toda mía, donde mandé construir un montón de apartamentos y resorts para los turistas. Con el tiempo, mandé construir grandes rascacielos, con la intención de llegar, precisamente, al cielo y crié caballos, muchos caballos de raza pura árabe.

El mismísimo emir de Bahréin me compró muchos de mis caballos. Decía que eran los mejores de todo el reino, del próspero reino de Arabia Saudí.

Con el dinero de los caballos pude comprarme más parcelas para plantar palmeras datileras hasta que sembré medio país con ellas. De hecho, todos los oasis de Arabia Saudí, jardines y demás, fueron hechos con palmeras de las mías, pura raza, dan mucho fruto (por si alguien quiere comprar). A las puertas de mi casa llegaban reyes, emires y sultanes para comprar caballos y palmeras.

Crucé caballos con bestias, con la finalidad de hacer cabalgaduras misteriosas, como la que llevó al profeta Muhammad, las bendiciones y la paz sean con él, hasta la Cúpula de la Roca y la mezquita Al-Aqsa en una sola noche. He conseguido un ejemplar excepcional, el cual podía cabalgar tan rápido como para llegar de Dammam a Yedda en tan solo dos días, desafiando las arenas del desierto (por si alguien quiere comprar). Y los reyes de todo el mundo comenzaron a aparecer en la puerta de mi casa. Esa sí que es vida.

Podría dedicarme a bitcoin, vender cursos de trading y cosas de este estilo. Tengo dos carreras en economía y un máster. Supongo que se me dará bien, pero el negocio de los caballos y las palmeras dan mayor capital, además de grandes influencias, y todo eso gracias a Allah, exaltado y bendito sea.

Sin embargo, una noche escuché ruidos en el palmeral, al lado de la cabaña, así que cogí mi escopeta, se que lo de las armas es un asunto serio en Arabia Saudí, así que mi arma era totalmente legal. Es una escopeta muy bonita, con un grabado de un águila en un costado. Creo que ya era de mi padre, o quizás la conseguí mientras vivía en la ciudad militar de King Khalid.

Salí de la casa procurando no hacer ruido, todo el mundo sabe que los ladrones tienen el oído muy fino. Al fondo vi una especie de luz que iluminaba todo el palmeral, supuse que serían sus antorchas. Además estaban asistidos de drones que iluminaban la escena desde arriba. Me quedé asombrado con la tecnología que se gastaban. Agudicé la vista para ver si los ladrones subían por las palmeras, inclinadas, sin embargo, lo que vi me dejó frito, señor.

Debajo de una palmera había una señora, muy gorda y muy iluminada. Parecía Mariam, la madre de Isa, las bendiciones y la paz sean con ella. Se agachó bajo la palmera como si fuera a orinar. Estaba en dudas, pues Mariam solo parió una vez y después de tantos años ... Coloqué la escopeta sobre mi hombro y disparé. Pam, pam. Solo podía ser una farsante, mira que hacerse pasar por Mariam ...

Sin embargo, a pesar de haber disparado, la mujer dirigió su vista hacia mi y con pudor se tapó sus partes. Yo también cerré los ojos, se que es haram ver esas cosas. Cuando los volví a abrir tenía un niño sonriente en sus brazos, pero ella estaba muy triste. Se dirigió a mi con el niño en su regazo y la reconocí. ¡Era ella, era Mariam! Caí de rodillas al suelo en actitud de súplica, y ella me dijo: te bendecí con el agua del pozo, pero nunca pensé que llegarías a intentar matarme. Sabes que no moriré nunca, pues ya soy residente en el cielo. Además, has tenido el coraje de verme las partes de mujer mientras paría, así que solo por eso te maldeciré. Perderás todo lo que has ganado y la policía te atrapará y te hará declarar en un juzgado por todo lo que has visto y oído. Cuando ese momento llegue, tienes que decir que me has visto a mi, parir bajo tus palmeras. Acepta tu destino.

Solo ahora he podido comprender lo que ella quería decir. Y por eso estoy ahora testificando y dando fe de que he visto parir a Mariam, las bendiciones y la paz sean sobre ella, y a su hijo, el profeta Isa, las bendiciones y la paz sean con él, en sus brazos que también habló y me maldijo.


Firmado: Abdul Hassan Al-Marcazí

miércoles, 29 de enero de 2025

LLEGAN LAS AURORAS BOREALES A ESPAÑA

 


Llegan las auroras boreales a España

14-05-2024

Agencia E.fresh


El 28 de agosto de 1859 comenzaron a verse auroras boreales en los cielos. Este acontecimiento no sería extraño si fuese observado en latitudes polares, pero no fue así. En los cielos de todo el planeta comenzaron a manifestarse auroras, hasta en zonas de latitud media como Madrid, Roma; e incluso en Santiago de Chile, La Habana, el norte de Colombia y Australia. Pocos días más tarde, en la mañana del 1 de septiembre, el astrónomo inglés Richard Carrington observó una luz blanca en la superficie del sol. Tomó su telescopio y apuntó hacia el cielo desde el jardín de su casa, en Londres, para estudiar las manchas solares. En ese preciso momento, el astrónomo vio dos enormes llamaradas de luz blanca que despidieron una energía equivalente a 10000 millones de bombas atómicas. Cinco minutos después, nada más. Sin embargo, 17 horas más tarde se percibirían las serias consecuencias de aquello en el planeta. Fue la tormenta geomagnética más violenta registrada en los últimos 500 años. Todas las lineas de telégrafo sucumbieron debido a la sobrecarga de electricidad en la atmósfera durante 14 horas. La luz de las auroras boreales era tan intensa que algunas personas podían leer sin la ayuda de luz eléctrica pasada la media noche, según informó el medio Weekly West.

En el siglo XXI, la tormenta geomagnética sucedió entre el 10 y el 12 de mayo del año corriente. Han sido observadas desde España las maravillosas e intensas auroras boreales, retratadas en millones de imágenes en todo el mundo. Sin embargo, existe una gran preocupación por las tormentas geomagnéticas, dado que nuestras comunicaciones y satélites son extremadamente vulnerables a este tipo de acontecimientos, como ya ha pasado con el telégrafo en su día. En España ya comenzaron a verse serias consecuencias de estas tormentas. Sin ir más lejos, el señor Khalid A. sucumbió a la tormenta geomagnética sobre los días 11 y 12 del mes en curso. La última vez que ha sido visto ha sido en torno a la ciudad de Barcelona. Todavía no ha sido localizado ni se tienen noticias de si ha recibido algún tipo de daño irreversible. El Ejército del Aire y del Espacio hacen guardia en la base de Torrejón de Ardoz (Madrid) las veinticuatro horas del día por si es localizado y hay que salir a rescatarlo. Tanto policía nacional y bomberos ya están al tanto del misterioso asunto ampliando su círculo de observación a toda España.

Actualización: El día 6 de junio del año en curso también se pudieron observar las auroras boreales desde terreno español. Dado que este día es el cumpleaños del desaparecido Khalid A., ¿no es una auténtica casualidad? Todos los servicios de rescate siguen en guardia. Por favor, si alguien lo ve, contacte con los servicios externos de la agencia ¿QUIÉN SABE NADA S.L.?

CÁSATE CONMIGO

 



Sábado 14 de febrero 1919

Annecy a orillas del lago , Suiza

17:30

Por fin llegas… Llevo media hora esperándote.

No seas insistente, Frank, cabeza cuadrada.

Yo no tengo la cabeza cuadrada.

¿Y bien…? ¿Para que querías verme con tanta insistencia?

Para estar contigo… simplemente.

Ah, ya… Pues hacía mucho tiempo, la verdad… ¡Desde esta misma mañana!

Ya, pero… Tengo algo importante qué decirte.

¿Vuelves a Francfort?

Debo regresar… es lo mejor. Tengo que acabar la carrera para ponerme a trabajar… ya sabes.

¿Y por qué no la acabas aquí?

Aquí no puedo hacer la especialidad que quiero. Tengo que ir a Kiel, es la facultad más prestigiosa…

Bla bla bla… ¿Por qué tienes que ir allí? Seguramente estará todo destruido por la guerra.

Ya… pero… Mi padre insiste y he de obedecerle… Lo que pasa es que… antes de…

¡Oh, Frank! ¿Qué es eso?

Quería pues… Sentémonos allí… Yo quería pedirte que…

¡Oh, no puedo creerlo! ¿Es verdad o estoy soñando? ¡Pedazo de diamante!

Quiero pedirte que vengas conmigo. Quiero que…

Oh, Frank, es mejor que nos casemos aquí.

¿Entonces tu respuesta… tu respuesta es si?

Depende… Yo no quiero ir a ese país tuyo, feo y frío.

Cómo si aquí no hiciera frio… Pero no te preocupes, mi familia está bien posicionada y seguro que viviremos bien. Además, cuando sea médico…

Ni hablar… Yo no quiero irme de aquí… echaría de menos este lago, los Alpes y, por supuesto mi familia.

Elisa…

No, Frank…

―… entonces…

Entonces quédate.

Sabes que no…

¿Y tu familia sabe que quieres casarte con una mujer que no es judía?

Tú te convertirías… ¿Verdad? ¿No dices que tú no crees en nada? Pues…

¿Para qué entonces? Yo no creo en nada así que no voy a hacer un paripé.

Por mis padres, más que nada… Sabes que la madre de mis hijos tiene que ser judía… ¿Y qué importa si practicas o no? Nadie tiene por qué saberlo.

Pues eso… si nadie tiene por qué saberlo… Bah, ¿no estás ya un poco grande para obedecer en todo a tu padre?

Es que…

Mira, Frank, sabes que yo te quiero muchísimo y que todo este tiempo hemos estado muy bien juntos, pero lo de irme para tu país destrozado no me tienta en absoluto. Además, tu padre tiene pinta de ser un dictadorzuelo… y tú

¡¿Le has dicho a tu padre que soy judío…?!

Después de lo de Dreyfus… ¡Por supuesto que no! Qué cosas dices… Pero como tú no practicas tu religión nadie tiene por qué saberlo. ¿No? Solamente tendrías que hacer el paripé yendo de vez en cuando a la iglesia. Y por supuesto, cambiar tu apellido porque ese que tienes es muy…

Ya… Así que tú no quieres… Vale… Devuélvemelo…

Ay, Frank, querido… es que yo…

Devuélvemelo…

¿Y qué harás sin mi?…

No lo sé…

¿Ves? Sin mi no puedes hacer nada… Es mejor que te quedes. Acaba tu carrera en Francia, cambia el apellido y ya está. Es muy fácil.

¿Y qué apellido me voy a poner…? No… Tengo que regresar con mi familia y estudiar en Kiel.

Frank, cabeza cuadrada. Toma… aquí tienes… Hala, vete, a mi nunca me ha de faltar un hombre con el qué estar… Sin embargo tú…

Espera, mujer… Entra en razón…

No, no… vete… Y no me sigas…

Podemos arreglarlo, no te vayas…

Frank, ¿qué quieres?

Podremos casarnos aquí si quieres… pero en algún momento tengo que regresar con mi familia. Pero es necesario que… para que mis hijos sean judíos…

No, Frank. Yo no voy a hacer esa tontería. Tú eres muy majo, pero los de tu raza…

Entonces… ¿En todo este tiempo nunca…?

Claro que si, hay pocos hombres como tú… Ya sabes, guapos… con dinero… exóticos…

Entonces… cásate conmigo… Te juro que conmigo nunca te va a faltar de nada.

Que no, Frank… Aún estoy en edad de encontrar hombres mejores…

Está bien… Me quedaré. Pero…

Pero nada, te conviertes al cristianismo y listo. Por cierto, antes de que mi padre se entere…

Está bien, pero… ¿Qué le digo a mi padre?

Dile que me llamo Ester, que estoy embarazada, que necesitas dinero cada mes para estudiar y mantener a tu familia, que la vida aquí está muy cara.


ROBO INESPERADO

 



La parpadeante luz anaranjada de una lámpara antigua brillaba sobre un tapete verde de terciopelo en una esquina de una mesa de cedro. André terminó de escribir la carta, dobló el papel en cuatro, lentamente, y lo metió en un sobre con el membrete del hotel Ritz. “Para mi editor”, escribió con caligrafía cuidada antes de cerrar la pluma. Levantó la vista para ver el reloj en la pared: medianoche. Con un suspiro se levantó, con fatiga, de la silla del escritorio, apagó la lámpara tirando del cordel y se encaminó al perchero para tomar su abrigo. Después de haberse calzado la gorra, salió a la calle con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.

Hacía frío, el vaho salía de su boca a cada respiración sibilante. Las calles olían a la madera quemada de las chimeneas. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó, sin prisa, hacia Pont des Arts. Sus pasos resonaban en las pétreas y solitarias calles de París, los gatos, que merodeaban alrededor de los contenedores de basura, se escondían de él.

—¡Alto!

Sorprendido, pegó un salto y se dio la vuelta. Frente a él había un hombre de rostro curtido y barba de unos días.

―Las manos en alto, viejo.

André levantó las manos, pero las bajó enseguida. Le dolían los hombros de la artrosis y, además, se sentía ridículo.

—Viejo, te he dicho que las manos en alto.

Notó el cañón de la pistola sobre su pecho mientras el hombre hurgaba en sus bolsillos.

―¿Qué más da? Ya no tengo nada ―soltó.

―¿Acaso no temes por tu vida? ¡Mire que te mato, eh! ¡Te mato!

El ladrón y André cruzaron una mirada y el cañón de la pistola comenzó a temblar.

—Máteme, si es un hombre ―dijo André, encogiéndose de hombros―. Para lo que me queda…

El ladrón bajó la pistola hacia el suelo. André tosió con fatiga y la respiración sibilante regresó a su pecho.

―Soy ladrón, no asesino. Y menos voy a matar yo un anciano…

—Le he dicho que no llevo nada encima, salvo… —André se llevó las manos al bolsillo y sacó la llave de su habitación en el Ritz —, esto.

—Mierda ―dijo el ladrón mientras escupía en el suelo―. Otra noche que no pesco nada.

Sin embargo, arrebató la tarjeta de la mano de André, y la observó: RITZ E404.

—Así que el viejo se da a los lujos, ¿eh?

André se encogió de hombros y comenzó a andar en dirección al Sena.

―Ya no tengo nada qué perder ―replicó―. Por cierto, he de pedirle un pequeño favor. Entregue el sobre que hay sobre el escritorio al conserje. Después, haga lo que le pete.

―Espera un momento, viejo. ¿Te estás quedando conmigo?

―Tómelo como quiera.

El ladrón levantó de nuevo la pistola y volvió a encañonar a André mientras se alejaba. Miraba por la pequeña mirilla y apuntó hacia la gorra que ocultaba la blanca cabeza del anciano, pero volvió a bajar el arma. Lo siguió durante un rato, con curiosidad.

André llegó a Pont des Arts, caminó unos pocos metros puente adentro, se agachó y acarició un pequeño candado dorado, desgastado y carcomido por el tiempo. Después de unos segundos, oteó hacia las oscuras aguas del río e intentó subirse a la barandilla alzando la pierna para apoyar el pie entre una multitud de candados.

―¡Eh, viejo! ¿Pero…, qué haces? ―dijo el ladrón, corriendo hacia él.

―¿Todavía sigue usted ahí? ―replicó André―. No le importa lo que yo haga.

El ladrón agarró a André por el brazo.

―Por favor, no lo hagas. ¿Te has vuelto loco?

André no respondió y volvió a meter las manos en los bolsillos del abrigo.

―¡Suélteme!

―De eso nada. Tú te vienes conmigo.

El ladrón tiró del brazo de André hacia sí. Las oscuras aguas del sena reflejaban a luz mortecina de las farolas.

―¡Que me suelte! A usted no le va ni le viene.

El ladrón meneó la cabeza. André volvió a toser.

―No puedo permitir que te mates delante mía.

―Eso tiene fácil solución. Váyase.

―¿Qué va a pensar tu familia, tus amigos…? Piensa en tus hijos, en tus nietos…

André se encogió de hombros y enjugo una lágrima.

―Nadie va a pensar nada. Ahora, déjeme en paz.

―Ya veo…

El ladrón se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio. André regresó sus ojos a las oscuras y silenciosas aguas del río. De pronto, el ladrón se dio la vuelta.

―Tengo una idea. No puedo dejarte aquí, así.

André apoyó los brazos en la barandilla del puente sin despegar los ojos del río.

―Te vienes conmigo esta noche —soltó el ladrón.

―No me joda. No tengo ganas de historias.

Un rayo de esperanza brilló en los ojos de André, pero, huraño, apartó la mirada del ladrón y buscó de nuevo las aguas del Sena.

―No se ría usted de mi. Yo solamente represento una carga para cualquiera. A mi edad…

―Eso no es verdad. En mi país a los viejos se los respeta, eh. Mis padres están muy lejos, mis hijos crecen sin la figura de un abuelo que le cuente historias y cuentos de esos…

―Para cuentos, los de usted. ¿Cómo me voy a fiar de un ladrón?

―Vente a mi casa. Mi esposa estará encantada de poner un plato más en la mesa, pero, por favor, no te tires ahí —dijo el ladrón señalando el río.

—Le repito que solo soy un… —La tos lo volvió a interrumpir y se llevó una mano al pecho.

—Nada, nada —dijo el ladrón tirándole de la manga—. Tú te vienes conmigo hoy. Y mañana…, ya veremos.

André se encogió de hombros, dejando que la corriente del río se llevara sus dudas. Alejarse de todo lo conocido lo llenaba de una extraña sensación de esperanza y unas ganas de aventura desconocidas. Quizás, lejos de la rutina, su mente volviera a fluir con la misma creatividad que antes.


domingo, 10 de marzo de 2024

LOS PÁJAROS

 


Xanela había llegado temprano a casa encontró a su marido en la cocina preparando el te. Se encontraba mosqueada por un rumor que había escuchado en el mercado y, al parecer, era un secreto a voces… Sin embargo, ella no sabía qué creer, no podía ser verdad. Las mujeres ocultaban una risita al pasar por ella, los hombres… Los hombres parecían verla con pena… Calumnias infundadas, solamente eso. ¿Qué era lo que pensaban de ella? Vete tú a saber…

Entró en la sencilla cocina no sin antes dejar el abrigo y el bolso en el aparador. Jorge sacó la tetera del fuego y preparó dos tazas sobre la mesa.

¡Que bien que has llegado! dijo Jorge, sirviéndose un poco de te.

Mmmmm…

¿Has visto? Hace un día precioso, sobretodo porque no tengo que trabajar… Los pájaros cantan…

Ella se sentó ante la mesa y se sirvió un poco de te en un largo chorro humeante.

Parece que hoy no tienes nada que decir… bueno… está bueno el te. Eso es porque lo preparé yo, que si lo llegas a preparar tú

Xanela bebió un poco de té caliente. Si, estaba bueno…

Hoy hace un día precioso, precioso… mmmmm… ¿No oyes cantar a los jilgueros? Bueno, qué se yo, a lo mejor son ruiseñores…

¡Vaya si cantan!… dijo Xanela, muy bajo.

Claro que cantan… dijo Jorge acercándose a la ventana de la cocina.

Apartó un poco la cortina de la ventana y …

Con el día tan bueno que hace es que tienen que cantar… suspiró Jorge.

Se quedó un rato más mirando por la ventana hacia el jardín mientras Xanela se terminaba de beber el te.

Y sigues sin decir nada, escupe lo que te atraganta, mujer… Mañana iré a la librería… Encargué un libro sobre jardinería… Ya verás, este patético jardín se volverá tan bonito como si estuviera en un palacio real… Además, ahora que no tengo que ir a trabajar me pienso dedicar completamente a la jardinería… y quién sabe, a la agricultura. ¿Sabes? Voy a sembrar plantas de flor, sembrar… y rosales, muchos rosales… ¿Sabías que han patentado hace poco una especie de rosal sin espinas? Al parecer en Holanda…

Xanela se levantó de la mesa y llevó las tazas al fregadero.

Parece que has pasado una mala noche… dijo Jorge, desde la ventana. Bueno… mis noches son buenas… muy buenas algunas… o quizás durante el día, también bueno, bueno… Yo soy un hombre decente y nunca he dado que hablar pero… La nueva vecina que ha llegado… creo que viene de un país de esos, del norte… es muy amable. El otro día fui a pedir sal, ya sabes, se nos ha acabado, supongo que lo traerás del mercado… Es muuuuy amable, muy amable. Si… aunque su marido es un poco hosco conmigo. ¿Pero, qué le hice yo a ese hombre? En fin… vecinos raros… Pero ella es muy amable, me abrió la puerta enseguida… Y claro, yo entré… ¿Cómo no iba a entrar? … Hay que ser amable con los vecinos, querida, pero tú tienes una cara que pa qué…

Jorge se apartó de la ventana y dejó la fina cortina en su sitio. Xanela había terminado de lavar las tazas del te, se secó las manos a un trapo.

¿Entonces que…? dijo ella. Los pájaros cantan porque tienen que cantar…

Supongo que si, ya sabes la primavera…

Xanela salió de la cocina, pero antes de ir a su cuarto dijo:

Así que los pájaros cantan… ¿Y cantan bien?

¿A qué te refieres con eso? contestó Jorge.

Xanela se cruzó de brazos…

¿Acaso tú sabes algo? Digo si… pues eso…

Ella se encaminó hacia el cuarto con pasos rápidos, sacó la maleta de encima del armario y la tiró con furia sobre la cama. Jorge la siguió.

Pero, ¿qué haces? No te puedes irte así sin más… Nuestros problemas pueden arreglarse… mmmmm…

Xanela sacaba la ropa del armario y de las mesillas de noche, y en un momento, la maleta estaba hecha. Jorge la observó detenidamente y cuando Xanela tomó la maleta él la detuvo.

No te puedes ir así sin más… Este pueblo es demasiado pequeño, demasiado cerrado y demasiado monjil. Todo el mundo mete las narices en la vida de todo el mundo… A mi me han dicho muchas cosas… Y es posible que a ti también te digan algo… No debes hacer caso de sus burlas ―dijo Jorge meneando la cabeza―. Además son tiempos modernos… Y tú también eras bastante moderna cuando te conocí… Ya sabes… Hoy en día la iglesia y todo eso como que no… ¿Eh? … Y bueno… uno… uno a veces, pues…

Jorge se rascó la cabeza.

Bueno, quien dice uno también puede decir una… Que no solo es uno… supongo… ¿O no? En fin… este pueblo… La gente en este pueblo es muy envidiosa y seguramente les jode que a nosotros nos vaya tan bien en nuestro matrimonio… No debes irte, demuestra que nuestro matrimonio es robusto… eso… robusto. Además, una mujer decente no…

Una mujer decente merece un hombre decente o… ―dijo Xanela.

Tomó la maleta por el asa y la hizo rodar hasta la puerta.

Espero que recapacites en… ―dijo ella, y salió.

Jorge se asomó a la ventana para verla marchar.


EL VALBANERA

 



Atardecía. Bajo la sombra de la torreta de Capitanía Marítima, en un pequeño pantalán flotaba un barco. Era un pequeño vapor de principios del siglo XX; un Titanic en miniatura. Ruymán y su abuelo se acercaron y se sentaron en un banco.

Ruy, ¿ves ese barco? dijo el abuelo.

Estoy aburrido de verlo, abuelo. Es el correillo.

Un barco como ese, más grande aún, fue el Valbanera dijo el viejo, señalando con el dedo.

Bah, y también el Titanic era mucho más grande…

A los jóvenes de ahora no os interesan las historias, pero el Valbanera… Ese si era un barco, a pesar de todo.

Ruy se balanceaba en el banco. El abuelo siguió, como si pensara en alto.

El Valbanera… Si… Menudo barco. Se hundió con casi quinientas personas a bordo.

¿Se hundió? preguntó Ruy con reciente interés. ¿Como el Titanic?

Pues si…

Ruy se fijó en el casco del barco. Sus grandes remaches lo impresionaron.

Si las chapas de los barcos de antes estaban juntas por esos tornillos tan grandes, es normal que el agua entrara dentro, ¿no?

Antes de la soldadura, todos los barcos estaban remachados, pero no entraba agua en ellos. El Valbanera también tenía sus remaches.

Vale… ¿Podemos irnos de aquí? dijo Ruy.

El abuelo meneó la cabeza, pero no se levantó del banco.

Mi padre compró un billete en ese barco. Tenía la ilusión de llegar a Cuba, un buen trabajo, buen dinero para la familia. Lamentablemente…

Ruy volvió a sentarse al lado de su abuelo.

Se hundió, entonces dijo el pequeño.

El Valbanera era un vapor con mucho porte, por aquel entonces. Fue fabricado en Inglaterra, como tu amado Titanic. Cubría la ruta entre Barcelona y las Antillas. Muchos, muchísimos canarios viajaron en él, hasta que le llegó el turno a tu bisabuelo.

Ruy volvió a ver para los remaches del barco.

Compró un billete en la Naviera Pinillos para ir a La Habana a buscar fortuna. El barco salía de Barcelona el 10 de agosto, pero hasta casi una semana más tarde no llegó aquí. Mi madre nos puso los trajes del domingo, los de ir a misa. Fuimos a despedir a nuestro padre que llevaba tan solo una pequeña maleta, un sombrero y una chaqueta americana. También era su traje de domingo. Subió por la pasarela diciendo adiós con la mano. Nunca más lo volvimos a ver.

Ah… —dijo Ruy, mirando el catamarán de la Fred Olsen que entraba en puerto.

Según me han dicho, el viaje ha sido tranquilo. Mi padre… Antes los barcos tenían varias clases… Mi padre iba en la cuarta, por lo que le dieron un lugar en el sollado. Era el lugar en el que más gente viajaba…

¿Y entonces qué pasó?

Pasó que mi padre cogió el billete para La Habana. Eso pasó. Si se hubiera bajado en Santiago de Cuba… Muchos canarios bajaron allí. Manolo, el de la tienda y Bencomo, el afilador, bajaron allí.

¿Y qué pasó entonces?

Bencomo y Manolo bajaron en Santiago de Cuba el día 5 de septiembre. Irían hasta la Habana por tierra. Según Bencomo, a él le dio un mal presentimiento y se bajó, a pesar del viaje tranquilo que llevaron. Pudo ver como el día 7 salía el Valbanera rumbo a La Habana. ¡Mala bruma lo acompañaba!

Ruy se giró para ver la cara de su abuelo.

Nos llegó una carta un mes más tarde. Mi madre se imaginaba que su marido ya estaba trabajando en la Habana y que pronto llegaría alguna remesa. Nada. Lo único que llegó fue la vecina, la mujer de Bencomo y el cura, con un sobre en la mano. Mi madre se sentó en una silla antes de que el cura le leyera en voz alta lo que había pasado con el barco.

¿Y por qué tuvo que ir el cura?

No sabíamos leer… Solo él y el señorito sabían.

Ah… Se me hace muy raro. Todos mis amigos y yo sabemos leer. Creo que todo el mundo sabe…

El abuelo parecía ensimismado en sus pensamientos. Ruy se calló al verse ignorado.

El Valbanera llegó a la Habana. ¡Vaya si llegó! El capitán Ramón Martín sabía que habría un huracán en la zona, pero decidió seguir a toda máquina para llegar a la Habana antes que el huracán. Le salió mal la jugada, aunque por muy poco.

¿Y entonces?

Entraba en el puerto de La Habana cuando se levantó un viento fortísimo. En una maniobra extraña, la cadena del ancla se quebró y el viento arrastró al vapor hasta casi las costas de Florida. Y allí, se hundió. Todos, pasajeros y tripulación murieron. Todos.

El abuelo tragó saliva.

Se dijo también que la armada de Estados Unidos sacó un submarino para localizar el barco. Solamente se veían los mástiles y pensaron que era un barco de madera antiguo. Lo dejaron estar. Más tarde se dieron cuenta de que era el Valbanera.

Cuando sea mayor quiero hacer submarinismo y bucear en el lugar donde se hundió el Titanic. Y además, si está cerca, también el Valbanera. ¿Tú crees, abuelo, que miraré a los muertos?

El abuelo miró para él en silencio. Ruy bajó la cabeza con la cara colorada.

Venga… vamos para casa. Tu abuela debe tener la cena lista dijo el viejo.

Ruy echó una última ojeada al barco y sus remaches, agarró la mano de su abuelo y, con la cara todavía colorada, caminó a su lado.

EL ORO ENCANTADO

 



Moncho se sentó, con desgana, frente al buscador de tesoros que lo había convocado de urgencia en aquel banco del parque. El buscador de tesoros aplastó el cigarrillo que tenía en la boca contra el reposabrazos y luego lo tiró al suelo.

¿Y bien? ¿Ha encontrado algo? dijo Moncho, impaciente.

El otro siguió un minuto más en silencio mirando al suelo. Moncho carraspeó.

Si, en esa maldita cueva hay algo dijo, sin despegar la mirada del suelo.

¿Qué? ¿Qué hay? dijo Moncho con nerviosismo.

El buscador de tesoros levantó la vista.

No me lo creería. Lo siento, señor… No hace falta que me pague. Lo dejo.

No comprendo. ¿Dice que ha encontrado algo y no quiere seguir? ¿Acaso quiere que le pague más? insistió Moncho.

¿No ha escuchado? No quiero que me pague porque he puesto el caso en las manos de las autoridades.

¿Qué ha hecho qué? Es usted peor que un inútil. ¿Qué ha encontrado en esa puta caverna? volvió a insistir Moncho.

Le he dicho que no me creería. Huesos humanos.

¿Huesos humanos? No me joda.

El hombre siguió en silencio un buen rato, sacó el paquete de tabaco del bolsillo y encendió un cigarro.

Espero que no le moleste dijo el buscador de tesoros con el cigarro en la boca.

¿Huesos humanos? ¿Está seguro de que son humanos?

Son humanos, si. Son los huesos de un niño. Lo puse en manos de las autoridades. Cuando miré la pequeña calavera lo tuve claro. Clarísimo. No hace falta que me pague… Lo dejo.

Moncho se quedó un rato en silencio.

¿La policía hizo preguntas? dijo Moncho.

Claro que hizo preguntas dijo el buscador de tesoros mirando a Moncho de frente. Es su trabajo, hacer preguntas. Seguramente vendrá a hacerle preguntas a usted un día de estos. Aunque los huesos ya son muy antiguos…

Yo no maté ningún niño dijo Moncho.

Ya sé que usted no ha sido. Le he dicho que los huesos son muy antiguos.

Ah, ¿y cómo sabe usted eso? ¿Acaso se ha hecho el carbono catorce? insistió Moncho.

Sin duda. Los huesos datan de 1783. Más o menos…

Imposible que la policía sospeche de mi dijo Moncho, aliviado.

Son los huesos de un príncipe o un infante.

¿Cómo lo sabe? Quizás son los huesos de un pequeño bandido del siglo XVIII. ¿Qué hacen en esa caverna? dijo Moncho.

Ha sido asesinado. Alguien escondería su pequeño cuerpo allí. Su hermano… dijo el buscador de tesoros con la mirada perdida.

Moncho se encogió de hombros.

¿A quién le importa eso ahora? Yo solo quiero el oro. Según mi informante, en esa cueva hay un cofre.

El buscador de tesoros se quedó un rato en silencio pegándole caladas a su cigarrillo.

No me va a creer, pero ese niño se me presentó delante como si fuera una nebulosa, algo irreal… Un espíritu en pena.

Moncho se rio con estrépito.

Ya le he dicho que no me creería. Pero así fue, yo, un hombre duro, buscador de tesoros… delante de una frágil criatura de humo.

Bueno, entonces… ¿Quién es ese niño? dijo Moncho, divertido.

Me ha dicho que se llama Francisco de Asís Alfonso de Borbón y no se que más… Tiene seis años… Está vestido con una blusa blanca con unos pequeños volantes en el cuello, a modo de pajarita. Un chaquetón que se le ciñe en la cintura y se abre hacia las rodillas, un pequeño calzón marrón y unas medias blancas. También lleva un sombrero como un tricornio. Los zapatos tienen un poco de tacón y tienen una gran hebilla en el empeine. Parece un pequeño Napoleón.

Ya veo, ya.

Reivindica ser enterrado en el Panteón Real y dice que los huesos son de él. Yo ya se lo he dicho a las autoridades.

¿Y no dice nada más? ¿No dice si el oro es de él o no? quiso saber Moncho.

No habla de oro, solo lleva una moneda en su mano. Dice que el hermano mayor lo mató por celos con su padre. Que quiere ser enterrado en el Panteón Real.

Que raro… ¿el hermano mayor? No tenía por qué matarlo dijo Moncho, pensativo. Tendría su trono asegurado. Tuvo que haber algo fuerte ahí…

El buscador de tesoros se encogió de hombros.

El crío no dice nada más… Llora. Llora mucho y dice que le duele. Juega con la moneda de oro que lleva en la mano. Esa cueva está encantada.

¿La policía acordonó la zona? dijo Moncho.

Tú lo has dicho. Ya no se puede ir allí. Y si allí hay oro, la policía se lo quedará y no dirá nada.

Habrá que hablar con algún historiador… A ver si el pícaro en realidad es un bribón que quiere el oro solo para él y esparce huesos humanos para despistar… dijo Moncho. Además, lleva una moneda en la mano. Sabe donde está el oro.

Era un espíritu. Solo un espíritu. No tiene solidez dijo el buscador de tesoros meneando la cabeza.

Eso cree usted, que era un espíritu. Pero yo creo que es un bribonazo que se quiere quedar con todo.

El buscador de tesoros apagó la colilla del cigarrillo en el reposabrazos y lo tiró al suelo, en silencio.

Bueno… Ya no tengo más que hacer aquí dijo el buscador de tesoros, levantándose. No hace falta que me pague. Lo dejo.

Pero yo quiero saber por qué mataron al chaval dijo Moncho, con curiosidad.

El buscador de tesoros se encogió de hombros.

El niño es bonito como un sol, pero no dice nada más que eso. Y llora. Llora mucho. Me da pena.

Entonces… ¿he de esperar a la policía?

Sin duda. Hasta luego se despidió el buscador de tesoros. Ya no tengo nada más que hacer aquí.

Espere un momento. Le ofrezco del doble si va usted por la noche a buscar el oro antes de que lo haga la policía dijo Moncho.

El buscador de tesoros se detuvo y miró hacia atrás.

¿Y por qué no va usted si tanto le interesa?

LA MALDICIÓN

  Declaración del acusado: Juro por Allah, glorificado sea, que he visto a Mariam, la madre de Isa, parir bajo la palmera. Y doy este ...